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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... contra su piel, antes de lamer lentamente el hueco bajo su pecho, donde la piel se volvía más fina y temblorosa. Lorena cerró los ojos, su cuerpo estremeciéndose bajo mis labios. Su respiración se entrecortaba con cada nuevo beso, cada caricia que le dejaba. Me deslicé hacia su vientre, trazando un camino lento con la lengua, saboreando cada pliegue, cada aroma, cada detalle que la hacía única. Me detuve un instante, justo antes de llegar a donde ambas sabíamos que terminaría. La miré desde abajo, con intención, y su mirada se encontró con la mía. Había en ella una súplica silenciosa, una rendición que no era debilidad, sino confianza absoluta. Y entonces, comencé. Con la punta de mi lengua acaricié con lentitud, con un respeto reverente, y un deseo feroz. La sentí temblar, aferrarse a las sábanas. Besé, succioné, lamí. Con cada gesto, buscaba provocarle olas, no simples oleadas. Quería que se desbordara. Sus gemidos fueron creciendo, cada vez más abiertos, más salvajes, y eso me alentaba. Mi boca y mis dedos trabajaban en perfecta armonía, atentos a cada reacción suya. La guiaba con mi cuerpo, la sostenía con mi voz, le ofrecía todo lo que era para que ella se soltara sin miedo. —Eres mía esta noche —le dije en un murmullo, justo antes de volver a perderme en ella. Y cuando al fin estalló, su grito fue mi recompensa. Sentí cómo su cuerpo vibraba, cómo su placer me envolvía también a mí. La abracé mientras temblaba, mientras se abandonaba por completo, y ...
... supe, con una certeza punzante, que nunca antes había hecho el amor así. El cuarto había quedado en penumbra, tibio y en silencio, salvo por nuestras respiraciones que poco a poco iban volviendo a la calma. El cuerpo de Lorena descansaba junto al mío, todavía húmedo de deseo, su piel pegada a la mía como si no quisiera despegarse nunca. Sus dedos jugaban distraídos con un mechón de mi pelo, mientras yo le acariciaba el brazo con una lentitud casi hipnótica. —Vas a tener que darme unas clases —dijo ella en voz baja, con una sonrisa ladeada. —¿Clases? —respondí, fingiendo sorpresa—. ¿Tú? Si casi me haces olvidar cómo se respira. Su risa fue suave, contagiosa. La misma risa que me había enamorado mucho antes de tenerla desnuda en mi cama. Me giré hacia ella, apoyando la cabeza en su hombro, y dejamos que el silencio nos envolviera por unos segundos más. Las sábanas cubrían apenas nuestras caderas, y no había necesidad de esconder nada. Estábamos allí, así, como si el mundo entero hubiera desaparecido más allá de esas paredes. Entre beso y beso robado, comenzamos a hablar de cualquier cosa: de las tazas de café favoritas, de películas mal dobladas, del gato de la vecina que siempre maúlla a deshoras. Era como si el deseo, ahora satisfecho, hubiera dado paso a otra forma de intimidad, más profunda, más dulce. Nos reíamos bajo las sábanas, inventábamos historias sobre las siluetas de la lámpara, y entre palabra y palabra, nuestras manos no dejaban de buscarse. Un ...