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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... roce en la cintura, una caricia en la mejilla, un beso corto que decía más que un poema entero. —No sabía que esto podía sentirse así —murmuró Lorena, después de uno de esos silencios cómodos. —¿Así cómo? —Pleno. Sin miedo. Como si no hiciera falta fingir nada. La miré. No como se mira a alguien hermosa, sino como se contempla una verdad que por fin encaja. Me incliné para besarle la frente, y ella suspiró, apoyando su rostro contra el mío. El tiempo pasó sin avisar. Las sombras en la pared se fueron moviendo lentamente, testigos mudos de una madrugada que no necesitaba palabras grandilocuentes. Nos bastaban nuestras voces suaves, nuestras risas apagadas, y el sonido sutil de nuestras pieles rozándose cada vez que cambiábamos de postura. No hicimos planes. No preguntamos qué vendría después. Solo estábamos ahí, juntas, como si eso bastara para que el mundo tuviera sentido. Y en ese vaivén de conversación, tacto y ternura, supe que la noche aún no había terminado del todo. —¿Te apetece un café? —pregunté en un murmullo, mientras acariciaba su espalda con la yema de los dedos. Lorena alzó el rostro con una sonrisa perezosa, todavía tumbada a mi lado. —Solo si lo tomamos en bragas —bromeó, guiñándome un ojo. Reímos las dos, como niñas que comparten un secreto indecente. Nos levantamos con esa languidez deliciosa de quienes no tienen prisa, y rescatamos nuestras braguitas del suelo. El resto de la ropa quedó olvidada. En la cocina, el aroma del ...
... café comenzó a llenar el aire, y nos movimos entre tazas y cucharas como si ya hubiéramos hecho eso mil veces. Nos sentamos en el sofá con las piernas cruzadas, las blusas arrugadas colgando de un brazo del sillón, los muslos apenas cubiertos, los dedos rozándose cada vez que una pasaba la taza a la otra. Hablamos sin filtro. De nuestras primeras citas absurdas, de las rarezas que cada una tenía, de lo fácil que parecía todo aquella noche. Y entre risas suaves, y más de un beso distraído, nuestras pieles volvieron a encenderse. Fue sutil al principio: una mano sobre la rodilla, un mordisco juguetón en el hombro, una mirada demasiado larga. Hasta que ya no fue posible ignorarlo más. Hubo tiempo para hacer el amor una vez más. Para que nuestras bocas y nuestros cuerpos se reencontraran sin la urgencia de antes, pero con una profundidad nueva, más consciente. Fue lento, dulce y poderoso. Un vaivén de suspiros que nos arrulló hasta que las primeras luces del día comenzaron a asomarse por la ventana. Nos quedamos en silencio, abrazadas en la cama, con los párpados pesados y los corazones aún agitados. Yo acariciaba su brazo, y ella descansaba la cabeza sobre mi pecho. —Duerme un poco —le susurré—. No quiero que conduzcas así. Lorena no respondió. Solo asintió levemente, dejándose llevar por el sueño. La observé durante un momento más, con el pecho lleno de una ternura inesperada. Y fue entonces, mientras el sol acariciaba la pared y ella respiraba tranquila a mi ...