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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... una cerveza y unas tapitas que están de muerte. Sus ojos brillaron, y al levantarnos, sentí su mano rozar la mía durante un segundo, apenas un gesto, suficiente para recordarme la calidez que desprendía. Caminamos por las calles de mi barrio, las luces encendidas ya en los balcones y el bullicio suave del sábado noche acompañándonos. Le conté alguna anécdota sobre los bares de la zona, y ella escuchaba con atención, comentando con su humor rápido y ese tono dulce que parecía calmarlo todo. Llegamos a la pequeña taberna que tenía en mente, con sus barricas a modo de mesas y el aroma a vino impregnando el ambiente. Elegimos un rincón y pedimos dos tintos y una tapa de salmorejo para empezar. —Ves —le dije, apoyando un codo en la mesa y sonriendo—, en mi barrio nadie se queda con hambre. Ella levantó su copa y la chocó suavemente contra la mía. —Ni contigo al lado, Lucía. Eso seguro. Y así, entre bocado y bocado, sorbo y sorbo, seguimos deshojando nuestra historia, una tapa, una sonrisa y una complicidad más allá de cualquier expectativa. Las horas se deslizaban sin que apenas nos diéramos cuenta, entre tapas y dos cervezas, cada vez más relajadas, más cercanas, más amigas incluso de lo que ya nos sentíamos. La conversación, que al principio recorría nuestras vidas y trabajos, se volvió más íntima, con confidencias y pequeñas bromas privadas que solo entendíamos nosotras. En un momento, mientras me inclinaba para coger una servilleta del otro lado de la ...
... mesa, un botón de mi blusa cedió, abriéndose en mi escote sin que yo lo notara al instante. La mirada fugaz de Lorena —rápida, involuntaria, pero imposible de no ver— me encendió las mejillas y me hizo sonreír para mis adentros. Quizá por las dos cervezas, quizá porque ya me sentía lo bastante cómoda con ella, decidí seguir la corriente. Me incorporé despacio, como si nada, y apoyé el mentón en la mano, dejando que la blusa siguiera con el botón rebelde sin abrochar. —¿Qué? —le pregunté, con una sonrisa traviesa—. ¿Me miras así porque se me ha acabado la tapa… o por otra cosa? Ella soltó una pequeña risa, bajando la vista un segundo y después devolviéndomela con una mirada chispeante. —Creo que las dos cosas —respondió, en el mismo tono cómplice. Las dos nos reímos, y sentí cómo la picardía, apenas insinuada toda la tarde, se colaba por fin entre nosotras, como un invitado inesperado pero muy bienvenido. Era una sensación cálida, dulce, atrevida… y tan fácil con ella al lado. Las dos nos reímos, y sentí cómo la picardía, apenas insinuada toda la tarde, se colaba por fin entre nosotras, como un invitado inesperado pero muy bienvenido. Era una sensación cálida, dulce, atrevida… y tan fácil con ella al lado. La conversación siguió, pero las palabras empezaban a quedarse cortas para todo lo que flotaba entre las dos. Las miradas se alargaban más de lo habitual, las sonrisas eran más cómplices y las manos, al moverse sobre la mesa, se buscaban sin querer. Sabía ...