1. Yo creía que odiaba Tinder (II)


    Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos

    ... envidia.
    
    No pude evitar una carcajada suave.
    
    —Pobre —murmuré—. Yo también me habría muerto de envidia… de no ser yo a la que estabas mirando así.
    
    Lorena apartó despacio mi pelo hacia un lado, sus dedos rozándome la nuca. Su boca buscó mi piel y dejó un beso suave en mi cuello, haciéndome cerrar los ojos y soltar un leve gemido. Sus labios se demoraron allí, y sentí que me faltaba el aire.
    
    Las copas seguían sobre la encimera, olvidadas. Ya no iban a hacer falta.
    
    Me giré despacio, y quedamos frente a frente por primera vez desde que todo había empezado. Su mirada ardía con la misma intensidad que la mía, y apenas necesité inclinarme para buscar sus labios. El primer beso fue suave, como tanteando, pero enseguida la tensión contenida explotó y sus manos se enredaron en mi cintura mientras yo la atraía más cerca.
    
    Los besos fueron ganando en intensidad y pasión, y nuestras respiraciones se mezclaban en jadeos cada vez más desordenados. A trompicones, entre risas nerviosas y caricias impacientes, conseguimos regresar al salón, sin dejar de besarnos, chocando contra el marco de la puerta y contra el respaldo del sofá hasta que por fin me dejé caer sobre los cojines, con ella de pie delante de mí.
    
    Me acomodé, sonriendo con atrevimiento, y no pude evitar recordar aquel incidente del elefante y el repartidor de Amazon. La miré a los ojos, aún con el pulso acelerado, y le confesé en voz baja, casi en un susurro:
    
    —¿Sabes? Hace menos de una semana, con sólo ...
    ... imaginarte… tuve un orgasmo delicioso en este mismo sofá.
    
    Sus ojos se encendieron, y vi cómo su gesto se volvía más decidido, más audaz. Se inclinó sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mis piernas, y su voz sonó grave, provocadora:
    
    —Pues ahora quiero ganarme el derecho a dártelo yo. Quiero oírte gemir por mí.
    
    El ambiente entre ambas se volvió denso, cargado de una electricidad que parecía vibrar en el aire. Las palabras habían hecho ya su trabajo, y ahora eran los cuerpos quienes comenzaban a hablar en un idioma más antiguo, más visceral.
    
    Lorena se inclinó sobre mí, su aliento cálido y pausado acariciando mi rostro. Su mano, firme pero delicada, trazó un camino desde mi mandíbula hasta el cuello, como si quisiera memorizar mi forma. Su piel contra la mía era una promesa cumplida, un anhelo hecho tacto. Cerré los ojos y me dejé guiar por sus dedos, que ahora jugaban en el borde de mi blusa, desabrochando con parsimonia los botones que aún resistían.
    
    No había prisa, solo la certeza de estar exactamente donde queríamos estar. Cada prenda que caía al suelo lo hacía con una reverencia, con un respeto ritual que convertía el deseo en algo casi sagrado. El sofá se volvió un altar donde nuestras pieles se encontraban con una naturalidad que desarmaba. Las luces tenues, el murmullo lejano de la ciudad tras la ventana, todo parecía conjurado para proteger ese instante.
    
    Cuando por fin me deslicé bajo su cuerpo, sentí que cada centímetro de mi piel cobraba vida. Su ...
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