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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... que había llegado el momento de arriesgar un poco más, aunque un nudo de nervios me apretaba la garganta. Tomé aire y, jugando con la servilleta entre los dedos, solté: —Si te apetece… podríamos continuar la velada… en otro sitio… Mi voz se apagó, temiendo haber ido demasiado lejos, pero antes de que pudiera arrepentirme, sentí algo inesperado: su mano bajo la mesa, cálida, y sus uñas dibujando suavemente líneas sobre mi pierna, a través del vaquero. Un escalofrío me recorrió entera, y ella sonrió, inclinándose apenas para responder con un susurro: —En tu casa… la mía está un poco más lejos… pero sí. Continuemos. Y en ese instante supe que aquella noche no iba a olvidarla jamás. El paseo hasta casa se volvió más tenso, cargado de esa certidumbre dulce y eléctrica de lo que ambas sabíamos que iba a ocurrir. Nos esforzábamos en mantener la charla ligera, alguna broma, alguna anécdota, pero las conversaciones eran cada vez más cortas y las miradas más largas. El silencio entre nosotras no era incómodo, sino expectante. Al llegar, subimos las escaleras despacio. Sentía sus pasos detrás de mí y el calor de su presencia a cada peldaño. En la puerta, le sonreí antes de girar la llave y hacerla pasar. —Es pequeñito —le advertí—, pero lo tengo bien arreglado. Ella recorrió la estancia con curiosidad, mientras yo le señalaba la sala, la pequeña terraza, y después el dormitorio, apenas de paso. Cuando regresamos al salón, le pregunté: —¿Qué te apetece ...
... beber? ¿Vino? ¿Otra cerveza? —y sin esperar respuesta, le pedí—. Dame un segundo, que te lo preparo. Me dirigí a la cocina, más para recuperar el aliento que por otra cosa. Abrí el frigorífico, saqué una botella, y estaba buscando copas cuando la sentí justo detrás de mí. Su respiración cálida acarició mi cuello antes de que hablara. —En el bar —dijo en voz baja, casi un murmullo—… ese botón rebelde… creo que me va a perseguir toda la noche. Un estremecimiento me recorrió la espalda, las manos me temblaron apenas sobre las copas, y sonreí para mí misma, sabiendo que, definitivamente, la noche acababa de empezar. El cuerpo de Lorena se pegó aún más al mío, y sentí con claridad el tacto firme y suave de sus pechos contra mi espalda. Su calor me envolvía, y sus manos, que hasta entonces se habían posado ligeras en mis caderas, comenzaron a apretar con una intención cada vez más explícita. Su voz, ahora más grave y cálida, rozó mi oído mientras sus dedos jugaban en la cintura de mis vaqueros. —Ese botón… —susurró— no sabes lo que me ha costado no arrancártelo allí mismo, delante de todo el mundo. Una risa temblorosa se me escapó, y apoyé las manos en la encimera, dejándome llevar por su cercanía. —¿Y las miradas? —dije, casi jadeando—. Cada vez que me mirabas así… era imposible seguir hablando como si nada. Su aliento en mi nuca me puso la piel de gallina. —El camarero… —añadió, con esa ironía suya que tanto me gustaba— seguro que se estaba muriendo de ...