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LNE (13). El bosque prohibido
Fecha: 18/10/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos
... otro, respirando como si compartieran el mismo pecho. El mundo, reducido a un lugar donde el dolor y el placer no se excluían, sino se entendían. —Vale… esto no era lo que esperaba. Pero empiezo a entender la magia rara de todo esto —dijo con una sonrisa extenuada—. No sé si es amor, locura o una conspiración… pero me gusta. César la abrazó, aún dentro de ella, con esa mezcla de humor y ternura que era su idioma secreto. —Somos un desastre elegante, pero al menos es coreografiado. Raquel rio, apoyando la cabeza en su pecho. —Si esto es el caos… ojalá nunca llegue el orden. *** César se había ido a trabajar. Raquel hacía café. Sergio, con calcetines de Spiderman y un diccionario en la mano, entró en la cocina con cara de juicio final. —Necesito insultos —anunció, dramático. —¿Para? —Los niños me llaman “cabezón” en el patio. Quiero responderles, pero con estilo. Raquel se sentó, cogiendo aire. —Entiendo. Quieres pasar del insulto básico al insulto de categoría. Esto es... como subir de Mario Kart a Mario Kart con champán. —Exacto. Enséñame. Raquel pensó. —Puedes llamarles “dragones de mocos”. Sergio sonrió como si acabara de tocar el alma de Shakespeare. —¿Y si quiero sonar elegante? —“Señores lamecharcos”. Funciona siempre. —¿Y uno corto? —“Cuescoshúmedos”. —Raquel. Eres un arma secreta. —Solo para causas nobles. O infantiles venganzas. —Son lo mismo. Chocaron los puños. Y se sintieron ...
... poderosos. *** Sentados en un banco mientras Sergio lanzaba una pelota en la distancia, Raquel miró a César de reojo: —¿Sabes qué me gusta de ti? —¿Mi obsesión sexual moderadamente controlada? —No, idiota. Que pese a todo... sigues mirándome como si yo fuese tu descubrimiento favorito. Aunque ya me hayas explorado con brújula, mapa y linterna frontal. —Eso no va a cambiar —dijo él—. Aunque deje de escalar la montaña, sigo siendo fan del paisaje. *** Sábado por la mañana. Una terraza con sombra, tres sillas ocupadas y una cuarta llena de bolsos. Raquel, con gafas de sol y el moño mal recogido, revuelvía distraída el café con leche. Frente a ella, Marta —ojos inquietos y pendientes de aro— y Clara, que tomaba kombucha como si fuera una medicina medieval. —¿Y entonces? —preguntó Marta con media galleta de avena en la boca—. ¿Lo hicisteis? ¿Finalmente... fuiste al otro lado del espejo? Raquel parpadeó. Suspiró. Se quitó las gafas como si acabara de bajarse de un drama de Ibsen. —Sí. Por seguir con tusb analogías… Fue como entrar en Narnia, pero sin abrigo. Y con mucho lubricante. Clara escupió un sorbo de kombucha. Marta aplaudió, literal. —¡Sabía que era cabezón, el César! ¡En todos los sentidos! Raquel se encogió de hombros con fingida modestia. —A ver, tampoco es que tenga una estatua griega entre las piernas. Es más bien... una columna jónica. Fina al principio, pero luego se ensancha y no avisa. El muy cabrón sabe cómo usarla, eso sí. Es como si ...