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La clase del 79
Fecha: 20/10/2026, Categorías: Bisexuales Dominación / BDSM Sexo con Maduras Autor: CuentaCuentos, Fuente: SexoSinTabues30
... se movía con una cadencia rítmica. Lenta al principio, luego un poco más rápida. Y su cara… Dios, su cara. Ya no era fría. Una cara de éxtasis, de una euforia que no habíamos visto nunca en un adulto. Cerró los ojos, la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Estaba disfrutando. Estaba corriéndose dentro de José. Lo peor de todo, para José, y quizás para todos nosotros, no fue el acto en sí, por brutal y humillante que fuera. Fue lo que vino después, o más bien, lo que ocurrió justo antes de que Paco se retirara. Los ojos de José seguían fijos en el vacío, o en nosotros, no sé. Pero lo que captó nuestra atención fue su propia erección. Lenta, imparable, su pene empezó a hincharse y a palpitar contra el aire. Se puso duro. Y en el momento en que Paco tuvo el último espasmo, ese final que nos hizo contener la respiración, el pene de José goteó. Cayó una gota, luego otra. ¿Y sobre qué cayeron esas gotas? Sobre el cuaderno de Eva. Justo ahí. Eva, mientras tanto, estaba roja como un tomate, respirando con dificultad, sus muslos apretados bajo el pupitre, los ojos desorbitados mirando esa escena. Paco se separó de José con una lentitud deliberada. Se abrochó los pantalones. José se quedó un instante, con el culo al aire, temblando. Luego, con un temblor, se subió los calzoncillos, los pantalones de chándal. Lo hizo con movimientos automáticos, como si estuviera en trance. Intentó mantener la compostura, esa chulería que lo definía. Se giró, la cara una máscara. Pero al ...
... intentar sentarse… un sonido. Un pedo. No era solo aire, sonó húmedo, como un chapoteo tristísimo. Y entonces la clase estalló. No en risas de burla, al menos no al principio. Era una risa nerviosa, histérica, una válvula de escape a la tensión insoportable. José se sentó, hundido en su pupitre, rojo hasta las orejas. La humillación era completa. El hedor, un cóctel de mierda y semen, se esparció por el aula. A partir de ese día, José cambió. No volvió a alborotar. Adoptó un perfil bajo. Dejó de ser el matón. Incluso intentaba que los demás no hicieran ruido, con una mirada suplicante que antes te hubiera partido la cara por verla, como si temiera que cualquier perturbación pudiera recordarle… aquello. No pudo evitar, eso sí, convertirse en la mascota de algunos alumnos mayores del Instituto. Los de cursos superiores, los que ya fumaban porros a la hora del patio, lo vieron como una presa fácil. Se rumoreaba que lo llevaban a los cubículos de los WC, y que José salía de allí con la mirada perdida y el chándal desordenado, había pasado de abusón a presa. Paco lo sabía. Lo veíamos en su mirada. Pero no decía nada. José había aprendido su lección. Y nosotros, la clase, también. Pasaron los días. El miedo era palpable. Nadie se atrevía a abrir la boca más de lo necesario. Paco daba la clase, y el silencio era sepulcral. Un silencio roto solo por la tos nerviosa de Eva o el rascar de los bolis. Pensamos que ya estaba, que ese era el nuevo orden. Hasta que María la lió. María ...