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Mis odiosas madrastras (8)
Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos
Capítulo 8 Me desperté a eso de las nueve y media, después de haber dormido como un bebito. Me levanté con una sonrisa en la cara, todavía con el cuerpo relajado por lo de anoche. Me sentía un campeón. Todavía no caía en que me había cogido a mi tía Clarisa. Por momentos me convencía de que iba a ser un sueño inalcanzable. Y ahora por fin me había quitado las ganas de darle maza. Me metí en la ducha, y apenas el agua tibia empezó a correrme por la espalda, se me vinieron a la cabeza todas las imágenes de Clarisa: su cuerpo, sus gemidos, su carita de puta mientras me la cogía de parado, todo. Pero sobre todo, me acordé de cuando la llevé a la ducha e hice que me chupara la pija. No necesité mucho tiempo para tener una erección. Mientras me secaba con la toalla, me pregunté cómo iba a ser ahora, en el primer cruce cara a cara con ella después de lo que pasó. ¿Se haría la tonta? ¿Me miraría seria, con uno de esos discursos de mujer madura y responsable? ¿O estaría incómoda, como si anoche no hubiese pasado nada? Lo que sí sabía era que se iba a arrepentir. Después de todo, ella misma me lo había dicho. El tema es que yo me había aprovechado de su mente inestable. Eso lo tenía claro, y no me sentía culpable por eso. Yo le había advertido lo que iba a pasar si me la encontraba con la guardia baja de nuevo, y esa noche en la que cogimos, hasta le di tiempo para que se fuera. Así que no, no me sentía culpable, pero, a la vez, estaba consciente de que me estaba ...
... aprovechando. Y eso me hacía calentar todavía más. Porque la idea de manipular a una hembra como ella me encantaba. Y estoy seguro de que cualquier hombre, si supiera cómo aprovecharse de ella, lo haría. Clarisa era una tentación demasiado grande. Me vestí con un jean y una remera negra. Algo simple, pero que me parecía que me quedaba bien. Yo me hacía el boludo, pero me gustaba que las minas me miren. Y con esas dos mujeres con las que vivía, no iba a andar como un croto. Salí del cuarto y noté que el televisor estaba apagado, y el living vacío. Pero desde la cocina se escuchaban ruiditos: cucharas, agua, una puerta de alacena que se cerraba. —¿Qué hacés? —me dijo Barbi apenas crucé el umbral, sin ni siquiera mirarme. Estaba de espaldas, preparándose un desayuno. Tenía puesta una calza negra que le marcaba todo. Era imposible no fijarse. Yo sabía que era más de otro estilo, más emo-punk-metalera, más rebelde. Así que me sorprendió. El orto se le marcaba de una manera pornográfica. Ya venía caliente de la ducha, y ahora me iba a costar que la pija no se me pusiera dura delante de ella. Así que traté de romper el hielo con un chiste, para no estar pensando solamente en cómo me la cogería. —¡Qué raro! ¿Dónde está la chica metalera que conocí? —le dije. Ella rio. —Bueno... no puedo salir a andar en bici con un pantalón de cuero y una campera con cadenas, ¿no? —me dijo sin darse vuelta. Yo me acerqué a la alacena mientras ella servía cereal en un bol. Tenía el ...