1. Mis odiosas madrastras (8)


    Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos

    ... percatándome recién ahora de ese detalle—. Además… ¿dónde tenés la tuya? Porque acá en el departamento no la vi.
    
    Ella sonrió. Esa sonrisa burlona que reservaba a veces, cuando yo decía una tontería que a ella le parecía obvia.
    
    —Las bicicletas se guardan abajo, en el sótano del edificio —me explicó—. Y Clarisa tiene una también, así que podés usar esa.
    
    Traté de pensar en qué tenía en la cabeza esa mina. ¿Sería una invitación inocente, o pensaba provocarme y dejarme con las ganas de nuevo? Pero tenía que reconocer que, aunque la segunda opción fuera la correcta, no dejaría de ser muy divertida, como lo que pasó en el balcón. Además, si a la mina le gustaba jugar de esa manera, en algún momento ese jueguito se le iba a dar vuelta. Se iba a terminar tentando, como le pasó a Clarisa, y se iba a terminar entregando. Pero pare que eso pasara iba a tener que tener mucha paciencia, e iba a tener que aceptar que la feminazi se saliera con la suya algunas veces.
    
    —Bueno, si Clarisa no se va a enojar porque use su bici…
    
    —No pasa nada —me dijo Barbi, moviendo una mano en el aire—. Además, no la vas a romper, ¿no?
    
    Cuando terminamos de desayunar, me fui a cambiar. Me puse un jogging gris y una remera deportiva que me había comprado Clarisa. Las zapatillas Adidas también me las había comprado ella. La verdad que no me podía quejar de ella. Por más rígida que fuera, me albergaba en su casa, me compraba ropa, y encima me la cogía. Nunca había soñado siquiera con una ...
    ... madrastra como ella.
    
    Pero ahora debía concentrarme en Barbi. Ella era igual de compleja, pero de manera diferente. Era una putita histérica a la que iba a disfrutar mucho derribando.
    
    Me miré en el espejo del baño antes de salir del cuarto. Me veía bastante bien. Sabía que la turra de barbi me miraba igual que lo hacía Clarisa, aunque lo disimulaba mejor. No había hecho mucho ejercicio en las últimas semanas, más allá de algunas flexiones y abdominales. Pero mis músculos seguían lo suficientemente marcados como para llamar la atención.
    
    Bajamos por el ascensor hasta que la luz marcó el “SS2”. Apenas se abrió la puerta, nos recibió una mezcla de olor a humedad y aceite viejo. El lugar tenía pinta de haber sido construido hacía décadas, con columnas gruesas de cemento, lámparas apagadas y telarañas en los rincones. Pero, curiosamente, el rincón donde Barbi tenía atada su bicicleta estaba reluciente. Como si fuera el único lugar del subsuelo que alguien seguía usando.
    
    La vi inclinarse para meter la llave en la cerradura del candado que sujetaba su bici. Se dobló desde la cintura, y su trasero quedó perfectamente en pompa, apenas cubierto por esa calza que parecía pintada a mano. No exagero si digo que era una escultura. Los glúteos bien redondos, firmes, tensos… como si su cuerpo entero se hubiese preparado para ese plano en particular. Me costaba no quedarme clavado mirándola.
    
    Su cabello, con ese tono violeta apagado, le caía por el costado del rostro, cubriéndole un ojo. ...
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