1. Mis odiosas madrastras (8)


    Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos

    ... Giró levemente y pude ver su rostro de perfil, sin perder de vista su pomposo orto. Tenía una boquita que era una obra maestra: carnosa, bien dibujada, de esas que te hacen pensar en lo bien que deben chupar la pija. Es como cuando ves a una mina culona, como Clarisa o la propia Barbi, y lo primero que pensás es en lo mucho que le gustaría que se las cojan por el orto. No es más que un reflejo de nuestras propias fantasías, obvio. Y con las carilindas pasa lo mismo. Una geta tan preciosa como la de Barbi está destinada a ser invadida por una verga gruesa. No hay nada mejor que una carilinda haciéndote un pete. La imagen de un rostro perfecto como el de ella, mientras te hace una mamada, es algo que se recuerda toda la vida.
    
    —Tomá, agarrá esta —me dijo de pronto, pasándome la bici, que después de todo era la de Clarisa, mientras ella se agachaba otra vez para destrabar la suya.
    
    Fui a tomarla, pero no pude evitar mirarla de reojo otra vez. Ella me cazó al instante.
    
    —Todavía no aprendés a no mirar así, ¿no? —dijo, sin mirarme directamente—. Mirándome de costado, como si no me diera cuenta.
    
    —Y… si me ponés el culo así, es difícil no mirarte —le contesté, sin filtro, porque ya estaba bastante cansado de que me echara en cara esas boludeces.
    
    Ella se enderezó, girando apenas el rostro hacia mí, con una ceja levantada.
    
    —Qué imbécil. ¿Te pensás que me pongo así por vos?
    
    —No, no dije eso. Solo te agachaste para sacar el candado. Es un gesto natural, ya sé. Pero en ...
    ... una mina como vos, cualquier gesto natural es una provocación.
    
    No contestó. Solo me miró con una media sonrisa, sacudiendo la cabeza en gesto de negación. Pero yo sabía que disfrutaba tenerme así, al borde del delirio. Como si se deleitara con la tensión, con ese jueguito que llevábamos hace rato. Esa ambigüedad tan suya, tan Barbi.
    
    Subimos los dos pisos hasta la planta baja, pero tuvimos que hacerlo por separado. Cada uno en su propio ascensor. Yo me quedé unos segundos más, colgado mirando mi reflejo, como queriendo adivinar si esa cara que tenía ahora era la del mismo flaco que había llegado hacía unas semanas desde el conurbano.
    
    Cuando la puerta se abrió, vi que Barbi ya estaba afuera, hablando con José, el portero del turno mañana. Un tipo de unos treinta, flaco, con el pelo todo revuelto y esa manera medio atolondrada de los que se levantan y se mandan derecho al laburo sin café.
    
    —Gracias, José —le dijo ella, con esa voz suavecita y provocadora que usaba “sin querer”.
    
    El chabón sonrió como un nene que recibe un premio.
    
    —De nada, ¿todo bien? —le preguntó—. ¿Cómo te fue en el concierto? —agregó enseguida.
    
    Ahí levanté una ceja. ¿De dónde mierda sabía lo del recital?
    
    —Bien, genial. Espero que la próxima vez vayas a verme —dijo ella.
    
    —Voy a hacer todo lo posible. No es mi estilo de música, pero por vos... —tiró el flaco, y casi me río en voz alta.
    
    —Dale, cuando quieras —cerró ella, con una sonrisa que me dio ganas de arrancarle esa calcita con ...
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