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Mis odiosas madrastras (8)
Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos
... ella al lado mío, con el sol de la mañana pegando desde arriba. La ciudad tenía ese olor mezcla de panadería abierta y humedad vieja de los árboles que bordeaban las calles. Las ruedas de las bicicletas hacían un ruido leve sobre los baldosones flojos. —¿Y a dónde vamos? —le pregunté, queriendo desviar la conversación de su culo y el portero, al menos por el momento. Barbi giró la cabeza levemente hacia mí. Un rayo de sol se coló entre los árboles y le iluminó los ojos verdes, haciéndolos brillar como si tuvieran vida propia. —A la Reserva Ecológica. Pero por el lado de Puerto Madero. Vamos a hacer el camino largo.—dijo. —Pero… ¿eso no es muy lejos? ¿No hay lugares más cerca? Tipo los bosques de Palermo. —No seas cagón. Si de todas formas vamos a andar en bici, no te cambia nada que hagamos siete kilómetros hasta allá. Además… quiero mostrarte algo que a mí me encanta. —Bueno. El recorrido fue más entretenido de lo que esperaba. Íbamos los dos en bicicleta, ella adelante, marcando el ritmo con una seguridad que me daba tanta envidia como excitación. No había pasado ni una cuadra y ya tenía la vista clavada en su espalda descubierta, en los tatuajes que asomaban por debajo del top deportivo, y, sobre todo, en ese culo hermoso rebotando en el asiento. Cada tanto me giraba la cara para ver si yo la seguía. Con el pelo atado en esa colita despeinada, el violeta se le mecía como si formara parte del viento. Cuando me sonreía, no lo hacía con ...
... dulzura, sino con esa picardía suya que no sabías si era complicidad o provocación. Pasamos por Figueroa Alcorta, cruzamos los lagos de Palermo, bordeamos el Planetario, todo con ese ritmo entre liviano y constante. Yo no decía nada, estaba concentrado en no caerme, porque entre la falta de práctica y el bulto que se me empezaba a formar de tanto mirarle el orto, la cosa se estaba complicando. La bicicleta de Clarisa era más chica de lo que me imaginaba. —¿Estás bien ahí, o querés parar a tomar agua, abuelo? —gritó ella desde adelante, riéndose. —Estoy fenómeno, pero si seguís moviendo así el orto, me vas a mandar al hospital —le respondí, más para provocarla que por otra cosa. Quería ver cómo reaccionaba la feminista metalera a un comentario tan directo como ese. Para mi sorpresa, soltó una carcajada que se perdió en el viento, y justo en ese momento se paró en los pedales para sortear un lomo de burro. El gesto duró segundos, pero fue suficiente para que ese trasero perfecto se levantara aún más. Juro que si un ángel bajaba del cielo en ese instante, no lo habría mirado, porque solo tenía ojos para ella, o más bien para su orto. La estaba cosificando mentalmente, sabiendo que desaprobaría semejantes pensamientos. Quizás después, cuando parásemos, me lo echaría en cara, como siempre. En un semáforo de Sarmiento frenamos y quedamos uno al lado del otro. Yo estaba agitado, pero lo disimulaba. Ella sacó una botellita de su mochilita deportiva y me la ...