1. Mis odiosas madrastras (8)


    Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos

    ... ofreció.
    
    —¿Querés?
    
    —¿Eso es agua o me querés envenenar?
    
    —Es agua, nene. Pero si te pusiste paranoico, no tomes —dijo, y dio un sorbo largo que me dejó mirando cómo se le movía la garganta y cómo el agua le mojaba apenas el labio inferior.
    
    No le respondí. Solo le sostuve la mirada un poco más de lo normal. Ella entrecerró los ojos, como tanteando el terreno, y después sonrió. La muy bruja sabía lo que hacía.
    
    —Vamos, que todavía falta —dijo, arrancando otra vez.
    
    Seguimos por Avenida del Libertador, ya entrando en Puerto Madero. El tránsito era más pesado y el aire tenía ese olor raro de mezcla entre pasto mojado, río podrido y perfume caro de cheto que pasea a su perro carísimo. Yo iba cada vez más concentrado en su cuerpo.
    
    Cuando por fin llegamos a la entrada de la Reserva Ecológica, yo estaba transpirado pero todavía lleno de energía. Ella bajó de la bici con un salto ágil y dejó la suya apoyada en un poste. Yo hice lo mismo, tratando de no parecer torpe. Tenía la remera pegada al cuerpo y el pelo pegoteado por el sudor.
    
    —¿Y ahora? —le pregunté.
    
    —Ahora caminamos un poquito. Quiero mostrarte algo.
    
    —¿Es tu “lugar especial”?
    
    —Exacto —dijo.
    
    Atamos las bicicletas y empezamos a caminar por uno de los senderos internos de la Reserva. El sol ya pegaba con ganas, pero había zonas de sombra que aliviaban un poco. A medida que nos alejábamos del bullicio, el aire se volvía más húmedo, más silencioso. Solo se escuchaban los pájaros y nuestras ...
    ... zapatillas aplastando el pasto.
    
    —¿Venís mucho por acá? —le pregunté.
    
    —Cuando necesito pensar. O cuando necesito dejar de pensar.
    
    —¿Y qué necesitás hoy?
    
    —Las dos cosas.
    
    Me gustó esa respuesta. Me pareció honesta, medio poética incluso. Caminamos en silencio un rato más. Yo la observaba de costado: cómo caminaba, cómo sus caderas se mecían apenas con cada paso, cómo las gotas de sudor le bajaban por la nuca y se metían debajo del top. Tenía esa mezcla rara de piba ruda y chica dulce, como si no terminara de decidir si quería que la admiraran o que la temieran.
    
    —Es por acá —dijo de repente, y se metió por un caminito más angosto entre los arbustos.
    
    La seguí, sorteando ramas, hasta que llegamos a una especie de claro donde había un banco de madera, medio viejo pero firme, y un árbol grande que ofrecía una sombra perfecta. Desde ahí se veía el río, marrón, inmenso, y el cielo abierto sin edificios que lo cortaran.
    
    —¿Y esto? —dije, sorprendido.
    
    —Este es mi lugar. No traigo a cualquiera acá.
    
    —¿Y por qué me trajiste a mí?
    
    —Todavía no lo tengo claro —me dijo, mirándome de reojo.
    
    No supe qué decir. Me senté en el banco. Ella se sacó el bolsito, lo dejó a un lado y se sentó a mi lado. Yo tenía la remera húmeda y las manos transpiradas. Ella también. Y tenerla así a mi lado, toda sudada, me calentaba mucho.
    
    Se cruzó de piernas. El cruce fue lento, como una escena ensayada. La calza negra acompañó el movimiento como si fuera una segunda piel. Me detuve un ...
«12...6789»