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El Hombre que No Debía Cantar
Fecha: 26/10/2026, Categorías: Dominación / BDSM Hetero Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... constante hasta el final con facilidad. Alma gimió al sentirse penetrada, los cuerpos chocaban. Era un pene grueso, pero no era el primero para Alma. Las manos de aquel hombre en ningún momento dejaron de estrujarle su poderoso culo. Le besaba el pelo, el cuello, las orejas. El hombre dejo su semen en el interior de Alma. Luego, la beso. No quedó nada más. Solo luces encendidas, una bandeja con comida sin olor, una cámara activa en la esquina, y un botón en la puerta que no hacía nada. Alma no pidió ayuda. Tampoco exploró. Aprendió desde la llegada que todo movimiento era observado. Cada intento por entender era interpretado como necesidad. Y la necesidad era una debilidad. Así que esperó. Sentada, callada. Sin contar el tiempo en pasos o respiraciones. Solo en bandejas. El segundo día entró una mujer. No habló. Le entregó ropa interior nueva, pero no la dejó vestirse frente a ella. Luego se retiró. En las paredes, el blanco era tan neutro que parecía reflejar el vacío. Alma pensó en su padre por primera vez. En el último café que no terminaron. Pero no lloró. Sabía que incluso eso podía ser usado. El tercer día, una voz surgió por los altavoces. —Ponte de pie. Ella lo hizo. —Abre la puerta. Lo hizo. La esperaban al otro lado. Dos hombres, uno con una tableta en la mano, el otro con uniforme gris sin insignias. El primero no la miró. Solo hizo un gesto. El segundo la condujo por un pasillo largo, sin ventanas, sin carteles. No ...
... dijeron a dónde iba. No era necesario. Lo vio antes de que él la viera a ella. Estaba de pie junto a una mesa metálica, hojeando documentos impresos, cosa rara en un lugar como ese. Alto, bien afeitado, rostro sin expresión. Pero había algo en su postura: una leve rigidez en la mandíbula, como si contuviera algo que no quería decir. No era el jefe. No era el carcelero. No era como los otros. Pero tampoco era ajeno. Alma lo reconoció por el cuerpo. Por la forma en que estaba quieto. Por el aire. —Tú eres Alma —dijo sin mirarla. No era una pregunta. Ella no respondió. Él la miró entonces. Por fin. Y en ese instante, parpadeó más de una vez, como si algo le incomodara. Como si no esperara que ella lo reconociera. Como si no esperara que ella estuviera tan entera. Tan consciente. Ella no apartó la mirada. No le concedió odio. Ni miedo. Solo eso: estar. Y él bajó la vista, incómodo. Carraspeó. Luego dijo: —Ven. Quiero mostrarte algo. La condujo por un pasillo estrecho, con pasos lentos, casi silenciosos. Después de dos giros, llegaron a una puerta metálica que se abrió sola al escanear su pulsera. Al otro lado, un sendero. Tierra apisonada, árboles bajos, y una franja de cielo pálido. La luz era natural, pero tamizada por una malla. Caminaron sin hablar. Él delante, ella detrás. Alma seguía vestida con la misma ropa interior que le habían ordenado usar esa mañana: sostén sin varilla, ajustado pero sin encaje, de tela ...