1. La mascara escarlata – parte 1


    Fecha: 07/11/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Fetichismo Autor: PetterG, Fuente: SexoSinTabues30

    El sol se hundía tras los edificios, bañando las calles de la ciudad en un resplandor anaranjado. Clara, una profesora de 27 años, caminaba agotada por la acera, con los hombros caídos tras un día corrigiendo exámenes en el colegio. Sus rizos oscuros, un enredo salvaje, se escapaban de un moño desordenado. Las gafas grandes se le deslizaban por la nariz, y su suéter holgado escondía una figura que pocos notaban. Con tiza en las manos y una sonrisa torpe, Clara era pura dulzura, aunque sus ojos castaños brillaban con un anhelo soñador.
    
    Un maullido agudo la sacó de sus pensamientos. Frente a un callejón, un gato flaco de ojos verdes temblaba, mirándola fijamente.
    
    —¡Ay, pequeño, qué flaco estás! —dijo Clara, agachándose con una sonrisa—. Ven, te doy algo de comer.
    
    El gato, en cambio, dio un salto y echó a correr. Clara, sin pensarlo, dejó caer su bolso en la acera y lo persiguió, sus zapatillas chirriando.
    
    —¡Oye, no te escapes! —gritó, tropezando con una lata que rodó con estrépito—. ¡Solo quiero ayudarte, gatito traicionero!
    
    El gato la llevó por callejones estrechos hasta un puente viejo sobre el río turbio. Se detuvo en el borde, la miró con esos ojos brillantes y saltó al vacío.
    
    —¡No! —chilló Clara, lanzándose para atraparlo.
    
    Su pie resbaló, y cayó. El agua fría la envolvió, golpeándola como un balde de hielo. Nadó a la superficie, tosiendo y buscando al gato.
    
    —¿Dónde estás, pequeño demonio? —murmuró, escupiendo agua.
    
    Nada. Solo el río y su ropa ...
    ... empapada pegándose a la piel. Tiritando, se arrastró hasta la orilla bajo el puente, maldiciendo su impulsividad. Entonces lo vio: una cueva, oculta entre las rocas. La entrada era estrecha, pero algo la llamó, un cosquilleo de curiosidad. Sacudiéndose el agua del cabello, entró con cautela. El aire era húmedo, y el suelo crujía bajo sus zapatillas. De pronto, antorchas en las paredes cobraron vida, bañando la cueva en un resplandor anaranjado.
    
    —¿Qué es esto, una película de aventuras? —susurró Clara, avanzando con los ojos muy abiertos.
    
    Al fondo, sobre una piedra lisa, descansaba una tela roja, brillante como la sangre. Clara frunció el ceño, acercándose.
    
    —Qué cosa tan rara —murmuró, tocándola. Era suave, casi sedosa, y un leve calor le recorrió las manos—. Bueno, no puedo dejarla aquí, ¿no?
    
    Se la guardó en el bolsillo y salió, empapada pero intrigada. De vuelta en casa, arrojó la tela a un cajón, sin darle importancia. Los días siguientes transcurrieron en su rutina: clases, café tibio, exámenes por corregir. Pero las noticias en la radio la perseguían. La ciudad se hundía en el caos: robos, corrupción policial, violencia.
    
    —Otra vez asaltaron la tienda de don Pepe —dijo una compañera en la sala de profesores, suspirando—. Esta ciudad se está cayendo a pedazos.
    
    Clara asintió, con un nudo en el estómago. Recordaba su infancia, cuando soñaba con ser una heroína, como las de los cómics que escondía bajo la cama.
    
    —Alguien debería hacer algo —murmuró, pero su ...
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