1. la vieja psicopata sádica


    Fecha: 02/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... rabia. "¡Cállate, puta vieja gorda!", le grité, mi voz rasgando el silencio de la calle. Fue una escena terrible, un duelo de odios crudos y sin filtros. Ella, hinchada por una ira sagrada, y yo, devolviéndole insulto por insulto, sintiendo cómo cada palabra nos desgarraba un poco más por dentro.
    
    Fue entonces cuando se detuvo. Su ira se condensó en una calma aterradora. Levantó lentamente su mano, aquella masa de carne y goma sucia, y me apuntó con su dedo enguantado. Y dijo algo que nunca se me olvidaría, con una voz serena pero cargada de una promesa de hierro: "Te aseguro que recibirás tu merecido. Tu sonrisa se convertirá en llanto". Las palabras me atravesaron como una hoja de metal frío. Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Me alejé de ella, haciendo un ademán obsceno con la mano, intentando aparentar una valentía que ya no sentía. No sabía que su venganza hacia mí ya estaba servida, que en ese preciso instante ella había decidido que era la hora de que yo aprendiese modales y pagase, con cada fibra de mi ser, mi osadía.
    
    
    La vieja lo tenía todo planeado. Una noche, vi la puerta de aquella habitación del jardín, la que parecía un granero, entreabierta. Un descuido. Un olvido. Mi mente codiciosa no vio otra cosa que una oportunidad, la oportunidad  perfecta para vengarme de nuevo y robar algo más de su santuario. Salté la valla de su jardín con una agilidad que el miedo me prestaba y me adentré en la oscuridad del granero. Era demasiado fácil. Mientras ...
    ... rebuscaba ansioso en las estanterías de metal, el eco de un portazo resonó como un disparo a mis espaldas. Me giré y la vi a ella, cerrando la puerta desde el interior y colocando un candado grueso de hierro en la puerta. El sonido de la cerradura al accionar la llave fue el de mi propia sentencia. Con una lentitud teatral, se guardó la llave en el escote, bajo el vestido, deslizándola hasta el hueco entre sus enormes pechos. Estaba fuera de mi alcance.
    Mi corazón dio un vuelco y se precipitó a mis pies. No saldría de aquella habitación sin esa llave. Contemplé, aterrorizado, cómo la vieja sacaba del bolsillo de su delantal sus guantes de goma sucios y comenzaba a enfundárselos en sus brazos gordos. La goma entraba lentamente, produciendo un chirrido húmedo y repulsivo que llenaba el silencio de la habitación, mientras sus ojos me clavaban sin pestañear. "Ahora te enseñaré modales", siseó. Me acerqué despacio, movido por un instinto ciego y sin plan. Estiré la mano. La idea de arrebatarle la llave, custodiada entre sus pechos, era absurda, un acto de desesperación. No llegué a tocarla. Antes de que mis dedos se acercaran, ella terminó de ajustarse sus guantes, que marcaban sus brazos por lo apretados que estaban, y me soltó una bofetada de derecha a izquierda. El golpe fue tan brutal que me dejó aturdido, con la cabeza zumbando. "¡Ni se te ocurra tocarme, cerdo!", sentenció, su voz un rugido lleno de ira.
    
    Mientras me reponía del impacto, ella se abalanzó sobre mí. Se colocó ...
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