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la vieja psicopata sádica
Fecha: 02/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
Este es un relato extremo, una inmersión en las profundidades más oscuras de la sumisión y el castigo. Advertencia: lo que sigue contiene descripciones explícitas de azotes crueles, humillación extrema, vejaciones y una escatología brutal y sin filtros. Siempre ha sido mi fantasía, un anhelo latente en mi alma, el deseo de entregarme por completo a una dominatrix mayor, una mujer cuya edad fuera sinónimo de sabiduría y perversidad. Nunca la encontré. Solo me crucé con mujeres jóvenes que buscaban dinero rápido y que no entendían la verdadera esencia del dolor que yo anhelaba. Yo buscaba a una diosa madura, una verdadera maestra del terror y la humillación que disfrutara con la crueldad por sí misma. Quizás algún día encuentre a una dominatrix perversa a la que le guste esto, y pagaré su precio sin dudarlo. Mientras tanto, les ofrezco esta ficción, un relato de terror y sadomasoquismo atípico y cruel. Espero que les guste. El chirrido agudo del anillo de metal rozando la varilla de la cortina rompió el silencio de la sala. Fue un sonido seco, deliberado, el preludio de una queja que ya conocía de memoria. Mi madre, con el ceño fruncido en un nudo de frustración, tiró del tejido con un gesto brusco que casi arranca la cortina de su perchero. El sol del atardecer, que momentos antes teñía el suelo de un color miel cálido, fue aniquilado de golpe, sumergiendo la estancia en una penumbra súbita y violenta. "Mira, mira", siseó, sin necesidad de señalar. "Como siempre. La ...
... bruja está en su puesto, vigilando". Su voz era un veneno espeso, cargado con años de resentimiento acumulado. "No tiene nada mejor que hacer que hurgar y cotillear en nuestra vida". Y allí estaba ella. La vecina de enfrente. vieja y monstruosa, una fortaleza de carne y malicia plantada en su propio jardín como si fuera un trono. Su edad era un misterio que nadie se molestaba en resolver; setenta, ochenta, quizás un siglo entero de maldad solidificada en su cuerpo. Era colosal, una montaña de mujer con una voluminosa presencia que parecía expandirse y ocupar más espacio del que le correspondía. Su figura era un monumento a la decadencia, con una carne pesada y flácida que se derramaba bajo un delantal de jardín manchado de tierra. Pero eran sus pies y manos los que completaban aquella visión grotesca: siempre calzaba unas botas de goma negras llenas de barro que le subían hasta las rodillas, y sus manos, regordetas y con venas prominentes, estaban perpetuamente encasquetadas en unos guantes de goma amarillentos, húmedos por el sudor y la tierra, como si acabara de estrangular a alguien con sus propias manos. Su jardín era su reino y su campo de batalla. Allí pasaba las horas, agachándose con lentitud para arrancar una mala hierba que nadie más veía, o para podar un rosal que ella misma había hecho crecer torcido y feo. Pero su verdadera afición no era la jardinería, sino el control. Aquella vieja era la autoproclamada fiscal de la calle, la guardiana de una moralidad ...