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la vieja psicopata sádica
Fecha: 02/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... "su taller", pero lo que todos veíamos como un búnker. Una especie de granero de hormigón en el fondo de su jardín, una habitación grande y fría con estanterías de metal industrial donde guardaba todo tipo de instrumentos de jardinería y otras majaderías de su mente chiflada. Un día, en un arrebato de audacia, me colé. La puerta estaba abierta . Dentro, el olor a metal y a tierra estancada era abrumador. Robé cuanto pude: herramientas, artilugios sin nombre, objetos de un valor sentimental para ella pero inútiles para mí. Logré vender una taladradora pesada y un par de cortasetos en el mercado negro por unas pocas monedas que brillaban como el triunfo. Desde entonces, vi el candado nuevo y brillante en la puerta de su santuario. Ella sabía que debía andar con cuidado. Alguien la provocaba, y ella no descansaría hasta encontrar al culpable. Pero subestimé a la vieja. No era solo una chiflada; había algo aún más extraño en ella, un sexto sentido para el odio. Una tarde, cuando el sol comenzaba a bajar, sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba ella, más gorda y amenazante que nunca, ocupando todo el umbral de mi puerta con su figura de botas de goma. Llevaba puestos sus guantes de fregar, y mi estómago se revolvió al verlos. Eran una segunda piel sucia y grasienta, con la tierra incrustada en sus grietas y un olor acre y dulzón que parecía impregnar el aire a su alrededor, una mezcla fétida de sudor, goma podrida y humedad. Sin preámbulos, su dedo regordete enguantado ...
... apuntó directamente a mi cara. Me daban asco aquellos guantes embutidos en sus carnosos brazos, que parecían a punto de reventar por la presión. Veía cómo la goma del guante apretaba su carne con fuerza en el codo, marcando los pliegues de grasa como si fuera a estrangularla. "¡Sinvergüenza!", escupió. "¡Ladrón! ¡Mal educado!". Sus acusaciones resonaron en el recibidor, densas y cargadas de una certeza aterradora. Sabía que había sido yo. No lo sospechaba, lo sabía. Mi madre acudió corriendo, poniéndose entre nosotros. "¿Qué está diciendo usted? ¡Mi hijo no haría nunca una cosa así!", protestó, y su voz me protegió. "¡Mire! ¡Usted tiene tantos enemigos que podría haber sido cualquiera!", añadió mi madre, con una lógica que me salvó. La vieja me miró fijamente, sus ojos pequeños y feroces clavados en los míos, y en su mirada no había duda, solo una promesa silenciosa de que esto no había terminado. Al día siguiente, el destino, o quizás su propia y retorcida voluntad, nos hizo cruzarnos en la calle. Estaba de pie junto a la tapia de su jardín, como si me estuviera esperando. Nuestros ojos se encontraron y el aire se heló. Se acercó a mí, caminando con una pesadez que hacía temblar la acera, y comenzó de nuevo, su voz un torrente de bilis. "Ladrón. Mal educado. Sinvergüenza". Las palabras no eran un reproche, eran sentencias. Me espetaba que necesitaba aprender modales, que mi madre no me había enseñado a respetar a mis mayores. Mi sangre hirvió, el miedo se transformó en ...