1. Infiel con un viejo amigo de su esposo.


    Fecha: 26/10/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: angeel04, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X


    Mario había insistido toda la semana con esa pinche carne asada. "Es solo para convivir, mi amor, son los del trabajo, unos tragos, unos taquitos", le había dicho mientras ella se pintaba los labios frente al espejo. Sofía ya se había cansado de discutir. Al final, como siempre, la casa terminaba siendo suya: la limpieza, la comida, la sonrisa de anfitriona, y él con una cerveza en la mano haciéndose el importante.
    Así que decidió que, al menos iba a verse espectacular. Se puso un vestido de tirantes, corto, color rojo, ajustado al cuerpo, con un escote que dejaba a la vista ese par de tetas que todavía le levantaban miradas en la calle aunque ya tuviera treinta y cuatro. Se calzó unas sandalias de tacón alto que le hacían las piernas infinitas y se soltó el pelo oscuro sobre los hombros. Se miró en el espejo y sonrió. Estaba buena, y lo sabía.
    Los invitados empezaron a llegar como a las dos de la tarde. Poco a poco el patio se fue llenando de risas, de música norteña, del humo del carbón y de las carcajadas de borrachos. Estaban los del equipo: el flaco Beto y su esposa Karla, la gordita Lupita y su marido el Chilango, el joven Kevin que había ido solo porque estaba recién separado. Todos la saludaban, todos le decían lo mismo: "Sofí, estás guapísima", "ay, mira nada más cómo te ves", "Mario, cuida a esta mujer que te la van a robar". Las mujeres, con un poquito de envidia bien disimulada, le tocaban el vestido y le preguntaban dónde lo había comprado. Sofía sonreía y ...
    ... repartía la comida, y con cada paso se movía con esa gracia que hacía que más de uno dejara de masticar. Y luego llegó Ramiro.
    
    Ramiro era uno de los amigos más viejos de Mario. Tenía cincuenta y ocho años, barriga de cervecero que le colgaba sobre el cinturón, cara redonda y sudorosa, bigote ralo y unos ojos pequeños y brillantes que no paraban quietos. Feo no era la palabra exacta; era más bien desagradable a la vista. Y venía con su esposa, la pobre Marta, una mujer callada, flaca, de cara cansada, que llevaba veinte años aguantándole los desplantes.
    Sofía los saludó con la cortesía de siempre, un beso en la mejilla a Marta y un apretón de manos a Ramiro. Y en ese apretón notó algo. La mano del viejo era grande, húmeda, y la sostuvo un segundo de más mientras la miraba de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en el escote, luego en las piernas, luego otra vez en el escote.
    —Qué guapa está la esposa de mi amigo, es un gusto—dijo él, con una voz ronca—. 
    —Ay, gracias —respondió ella, y se fue a atender a los demás.
    Al principio no pasó nada. Ramiro se sentó en una silla de plástico cerca de la parrilla, con su cerveza en la mano, y desde ahí la observaba. Cada vez que Sofía se agachaba a servir los platos, cada vez que se estiraba a alcanzar los vasos en la mesa alta, cada vez que cruzaba las piernas, esos ojitos brillantes la seguían. Y ella lo empezó a notar. Notaba cómo el viejo se acomodaba en la silla, cómo se pasaba la lengua por el bigote, cómo se le quedaba ...
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