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Mi vecina Rosa (4)
Fecha: 19/12/2020, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Diego Alatriste, Fuente: CuentoRelatos
... y seguía pajeándolo. Miré a su compañero. β ¿A ti no te gusta que te la chupen? β Me gusta que me la chupes tú, sabes mejor que nadie comerse un rabo. Toma este. Me empleé a fondo con el segundo hombre. Tenía a los dos para explotar. Empujé al jefe hacia el sofá para que se sentara. β ¿Sólo te gusta follar por la boca?, o quieres abrirme el coñito con este pedazo de carne. Me senté sobre él, dándole la espalda. Me puse la polla en la puerta de mi abertura y poco a poco me fui dejando caer hasta que la noté toda dentro. Subí y bajé varias veces despacio para lubricarme. β Acércate, dije al compañero, quiero mamártela como nadie te la ha hecho antes. Acompasé mi ritmo para dar placer a los dos hombres a la vez. β El primero que se corra tiene premio, quiero vuestra leche. Toma la mía zorra. Gritó con voz entrecortada el jefe mientras arqueaba la espalda. Noté su chorro cálido inundarme el coño. Me separé despacio de él. β Ahora me tienes toda para ti solo. β No aguanto maaaaas. Un caño de semen se estrelló en mi pecho mientas masajeaba los huevos del segundo. Restregué el liquido pastoso por mis senos mientas miraba como el miembro que tenía ante mis ojos perdía su dureza. β Quiero mi premio, he sido el primero. Reclamó el jefe. Me puse de rodillas entre sus piernas y limpié su polla con la lengua y la boca hasta que no quedó rastro de la tremenda corrida que había disfrutado. β Bueno, ¿creo que lo habéis pasado bien? Los dos hombres asintieron ...
... con la cabeza, sin fuerzas para articular palabra. Al rato, comenzaron a vestirse despacio, mientras fui al aseo. Nos despedimos en la puerta. β Si queréis algo de mí, les dije cuando se marchaban, no os molestéis en venir a casa, me puedo pasar por la oficina o por donde me digáis. Cerré la puerta y lloré sin consuelo. Al día siguiente llegó Ángel. No se atrevía a mirarme a la cara. Yo, muy fría, hablaba como si no hubiera ocurrido nada. Así estuvimos un rato hasta que se desmoronó en sollozos. β Lo siento, cariño, no tengo perdón, se que no tengo perdón, pero no me dejes, por lo que más quieras, no te vayas de mi lado. β No te preocupes, me vas a tener siempre cerca, le contesté con ironía. Me miró fijamente y secó sus lágrimas. β El mes que viene, volvemos a España. β Ahora soy yo quien no quiere irse, repliqué. A partir de ese momento comencé a tirarme a cuantos empleados del hotel se pusieran por delante: cocineros, conserjes, botones, camareros. A todos. Alquilé una habitación en otro hotel cercano a este y la voz no tardó en correrse entre los empleados que acudían allí en busca de mis favores. Cuando me cruzaba con el jefe de mi marido o con su amiguete, les decía: β Qué, ¿echamos otro polvete o quieres una mamada como la del otro día? Quería que ese par de tipos no se relamieran creyendo haber probado algo exclusivo. Quería que supieran que cualquiera podía disfrutar de mi cuerpo, que lo que aquella noche ocurrió estaba al alcance de todos ...