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Rita y Eva… (La joven y la pianista)
Fecha: 28/04/2021, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ámbar coneja, Fuente: CuentoRelatos
Desde que mi hermana Eva me relató lo que un cálido febrero vivió junto a Rita, no podía mirarla igual. Por extraño que parezca, nosotras siempre fuimos compinches, y no solo para la diversión. A pesar de que le llevo 5 años, nadie me escuchó con tanto interés como ella, sea por el tema que sea. Eva hace un tiempo que toma clases de piano con la profesora Domínguez, y sin interrupciones, a excepción de enero, que es cuando viajamos a las sierras con mamá y Andrés, su pareja desde que Eva cumplió su primer añito. Mi padre en aquel entonces viajó a España por asuntos laborales, y jamás regresó. Andrés es un violinista de excelencia, y fue él quien nos recomendó a la profe. Por lo pronto, y dado que ambos tienen una bella comunicación musical admirable, para Eva nuestro papá siempre fue Andrés. Ni mamá ni yo quisimos arrebatarle ni una gota de felicidad con las verdades amargas del pasado. Pero ocurre que hace unas semanas, entré al cuarto donde Eva ensayaba el segundo movimiento de una sinfonía, y la noté nerviosa, más que otras veces. Lo que más me inquietó fue que estaba solo en bombacha y corpiño, y no quiso bajar a cenar. Ella es muy pudorosa. A pesar de que compartimos la habitación, siempre me echa cuando quiere cambiarse, y me reta cuando yo ando en paños menores cerca de ella. Más extraño aún fue que no quisiera comer el estofado de cordero que preparó mamá. Le pregunté si tenía algún problema, y frunció el seño. Le insistí, y entonces sus ojos estallaron ...
... en lágrimas, pero sin sollozo ni sonidos de respiraciones hipando tristezas en su voz. No había angustia en su mirada. Dijo que mañana la profesora Rita le tomaba lección y no había tenido tiempo de ejercitar nada. Agregó que si sentía hambre más tarde se haría un té con galletitas, y casi sin poder detener el brillo de sus cachetitos rosados dijo que nunca había sido tan feliz. Quise saber más, y bajé a comer un poco más tranquila cuando me juró que por la madrugada me lo contaría todo. Mamá, que desconocía mi impaciencia, me hizo lavar platos y vasos, ordenar el comedor, guardar las cacerolas y preparar café para todos. Ni bien terminé con tamaño itinerario subí con prisa, abrí la puerta y esperé la coda de la sonata que Eva ensayaba algo más relajada. Me senté en la cama y mientras me descalzaba para ponerme el camisón, ella acomodaba partituras, lápices y cuadernos, cerraba el piano y abría el acolchado de su cama. Se tiró sobre la sábana, prendió el velador de su mesita de noche, y cuando corrí la cortina para que las luces de la calle no contaminen nuestro espacio, decidió hablar. Empezó por el principio. Aquella tarde, a las 4 en punto, Rita abrió la pintoresca puerta de roble de su caserón antiguo, con jardín al frente y el sol luminoso entrometiéndose por las cortinas, para recibirla y caminar juntas hacia el salón donde se dictaban las clases. En el escritorio había un adolescente con la cara compungida que guardaba papeles en una carpeta, y parecía no estar ...