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Mi querida hija
Fecha: 26/09/2021, Categorías: Incesto Autor: Jim, Fuente: CuentoRelatos
Vivo en el norte de España en un pequeño pueblo de montaña a donde me mudé hace diez años. Es un pueblo apartado de la mano de Dios donde vivir tranquilo sin apenas contacto con otros de mi especie. Abandoné la gran ciudad, mi trabajo y todo lo que conocía después de mi traumático divorcio. Mi mujer Ana y yo decidimos romper nuestra relación de dos décadas. Los últimos años de convivencia fueron terribles; peleas, enfados, gritos y meses sin hablarnos, hasta que nos dimos cuenta que lo nuestro ya se había caducado hacía mucho. Fruto de nuestro matrimonio nacieron nuestras dos hijas, Carla y Sara. Carla mi hija mayor, es una mujer de veinticinco años. Con el tiempo se ha convertido en una morenaza despampanante. Su metro setenta, acompañado por una melena rubia, unos ojazos azules y unos labios rojos y carnosos la hacen convertirse en el delirio de cualquier hombre. Además, es cariñosa y muy lista una mujer más que perfecta. Sara, la pequeña, es una mujercita de veintiún años. En lo físico no tiene nada que envidiar a su hermana, aunque sus bellezas son muy distintas. El rostro angelical de la mayor lo contrarresta con su belleza exótica, no supera el metro sesenta, pero sus enormes pechos y su culo más que generoso, han hecho babear a más de uno. Sara al contrario que su hermana siempre ha sido muy insegura, indecisa e introvertida. Después de la separación ambas decidieron quedarse con su madre y aunque yo intenté de todas las formas posibles seguir viéndolas y ...
... teniendo relación con ellas, poco a poco se fueron alejando de mi por decisión propia. Toda nuestra relación estos últimos años se resume, en un par de llamadas telefónicas en sus cumpleaños y Navidad. Para mí era muy duro, pues eran mis niñas a las que adoraba, pero no me quedaba otra que aceptar su decisión. Mi último cumpleaños, el de los 56 lo había pasado sin recibir ninguna llamada de ellas. Todo cambió hace justo año y medio. Una tarde de finales del invierno recibo de manera inesperada una llamada de Sara. Me dice que está en la estación de tren del Norte, a unos cien kilómetros de mí casa y me pide que vaya a buscarla. Aunque estoy muy sorprendido ya que los ocho años anteriores apenas habíamos hablado más de un par de horas juntando todas las llamadas, acudo raudo a la llamada de ayuda de mi niñita. Cuando llegué a la estación Sara estaba sentada en un banco de madera con la cabeza entre las manos y una mochila entre las piernas. Me acerqué a ella corriendo y sin dejar que apenas se levantase la abracé con fuerza. Noté en su rostro que no se sentía cómoda con aquel abrazo así que me separé de ella y le pedí disculpas por mí efusividad desmedida. Fuimos en silencio hasta el coche y la hora y media de vuelta a casa tampoco nos dijimos nada importante. No tenía que ser un genio para saber que aquella no era una visita de cortesía, que no estaba allí para verme, su actitud me dejaba claro que yo era su única opción en aquel momento. Las semanas siguientes las pasó en ...