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VISITA INESPERADA
Fecha: 22/11/2021, Categorías: Incesto Autor: ababol61, Fuente: RelatosEróticos
VISITA INESPERADA Martes, 10 de la mañana. Suena el móvil, miro la pantalla: “Aurora”. Qué raro. Es la hija de mi sobrina. Contesto. --Hola, tío, soy Aurora. ¿Estás en casa?, pregunta su vocecita. --Sí, claro. Sigo sin trabajar. --Estoy en la puerta de tu casa. ¿Puedo subir? --Claro, claro… Abro la puerta y la espero en el rellano. Llega corriendo y apenas dándome un beso me pide ir al baño. --Es muy urgente, tío. Me aparto para que entre y se va escopeteada al baño. No es necesario que le indique porque conoce la casa. Aurora tiene catorce años y es la hija de mi sobrina Marta. Es una adolescente típica, con su acné y su móvil pegado a la mano. Delgadita y más alta que yo, tiene los rasgos de mi familia y el cabello rubio y las pecas de la de su padre. Voy a la cocina a seguir preparando la comida y la oigo murmurar en el baño “joder, joder, joder…” Le pregunto si todo va bien y me contesta que sí, que no me preocupe. Vale, pues sigo con lo mío. Lleva unos minutos en el baño y la oigo llamarme: --¿Tío, puedes entrar un momento…? Toco la puerta y con su permiso, entro. La encuentro de pie ante el lavabo con una toalla alrededor de la cintura, lavando algo en la pila. --¿Qué pasa, Aurora? Me mira y rompe a llorar. Me acerco y la abrazo. --Mi vida es una mierda, tío, dice entre hipidos. No sé a qué se refiere, claro, es una adolescente con las hormonas alteradas y hace años que dejé atrás esa etapa. --Anda, vamos, ...
... salgamos de aquí y me cuentas qué te pasa. Vamos al salón y nos sentamos juntos en el sofá sin dejar de abrazarla. Al hacerlo se le abre la toalla y se muestran sus largas piernas desnudas hasta mostrar el pubis juvenil. Pudoroso, le cierro la toalla y le pregunto de nuevo. Ha dejado de llorar y me pide un pañuelo. Al levantarme oigo que el agua sigue corriendo en el lavabo y me dirijo a cerrar el grifo. Allí están las braguitas de Aurora con un tono rojizo que me hace sospechar lo que ha ocurrido. Tras la puerta, colgados, los pantalones blancos que traía puestos, también con una sospechosa mancha roja en su parte central. Le doy un paquete de pañuelos y le ofrezco algo para beber o comer mientras se decide a contarme su desventura. Un colacao con galletas y un café reposan en unos minutos delante de nosotros. --¿Y bien…? ¿Qué serie de catastróficas desdichas te han ocurrido para que te presentes así en mi casa?, le pregunto con una sonrisa, haciendo alusión a la serie del mismo título. --Jo, tío, qué vergüenza… dice bajando los ojos. --Va, que me imagino lo que te ha pasado, no te preocupes. No es el fin del mundo. --Es que vaya corte… Va a comenzar a hablar cuando la toalla se le vuelve a abrir mostrando sus finos muslos y una pequeña sombra de vellos rubios en el monte de Venus. Esta vez tardo un poco en decirle que se tape porque quedo absorto en su contemplación. Sacudo la cabeza y trato de quitar de mi mente un sucio pensamiento. Es mi sobrina de ...