1. A la próxima ¡me la metes! (2)


    Fecha: 27/12/2021, Categorías: Gays Autor: janpaul, Fuente: CuentoRelatos

    ... que aprovechaba yo para hacer una exploración visual completa de sus culos, si los tenía al frente para verles el rostro, y de ahí al lugar de sus penes y bolas directamente. Lo más increíble es que no me daba vergüenza, estaba hecho un cínico descarado, sólo que estaba a cada rato más caliente.
    
    De pronto, uno se me quedó mirando…, su mirada fue tan intensa que me sobrecogió; mi tonta sonrisa de estúpido coqueteo, se me fue diluyendo del rostro abobado como neblina arrastrada por el viento, nos miramos y un universo de secretos pasaron del uno al otro, no pude resistir la abrumadora pesadez del bello rostro, de toda su presencia y bajé mi mirada, sólo para retornar a mirarlo, incapaz de soportar el no volver a tener su imagen. Allí estaba, no era un sueño.
    
    El chico era de mi estatura, pelo rubio casi como el mío, sujeto en «trenzas maría» que iban desde su frente hasta el extremo inferior de su nuca, cara amplia y despejada, ojos rasgados sin ser de ninguna manera orientales, el verde de sus ojos era absolutamente cautivador, su mentón era aguzado, fino, hombros relativamente estrechos, su torso estaba cubierto por una camiseta de manga corta y tan ajustada que revelaba un cuerpo delgado pero bien formado, caderas estrechas, pantalón «pescador«, que mostraban un bulto perfectamente delineado entre sus piernas. Brazos delgados que caían a sus costados. Y unas manos delgadas. Lo miré ansiosamente, y lo notó, fue demasiado mi bochorno, volví a bajar mis ojos, y me ...
    ... alejé. Esta vez para no mirar atrás.
    
    Mi desazón estaba torturándome, yo que me había portado como un valiente y un cínico hasta ahora, y ahora me veía agobiado por la visión más impresionante de mis últimos años. Llegué al borde del mar y me senté en una duna que estaba solitaria, prendí un cigarrillo, miré sin dejar de ver los altos cielos, de verde esplendor moteado por algunas nubes blancas brillante que, empujadas por los vientos, pasan de norte a sur sucediéndose por otras con mil formas que mi imaginación descubría. El ruido en mi alrededor había desaparecido, sólo la alucinante visión del muchacho ocupaba todos mis sentidos y el cielo como decorado y como música de fondo las olas del mar. El humo del cigarrillo inundaba mi garganta y yo sólo estaba impresionado.
    
    — Hola, eh…, ¿me das un pitillo?—sentí que me decían.
    
    Miré a quien me hablaba y me quedé paralizado, ¡era él!, ¡demonios!, me había seguido, ¡y estaba a mi lado, pidiéndome un cigarrillo!...
    
    — ¿Ah?, sí…, claro, aquí están… — y le pasé la cajetilla de Fortuna que tenía, además del encendedor.
    
    — ¿De dónde eres tú?, —me preguntó, con cierta incertidumbre, mientras prendía su cigarrillo, para toser un poco.
    
    — De Alicante, —medio mentí nombrando una ciudad conocida. En realidad yo vivía todo el año en la calle san Vicente en el centro de la ciudad, el sector, junto con la calle Colón, más comercial y de mejor nivel económico— ¿y tú?
    
    — De aquí cerca, de Pinedo, —fue su respuesta, y yo supe que era ...