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Felicia
Fecha: 06/05/2022, Categorías: Confesiones Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
Dejando al margen consideraciones sentimentales, amorosas, éticas, que pueden condicionar las relaciones sexuales, a muchos hombres sin pareja fija nos sucede que no siempre podemos satisfacernos sexualmente de la manera que más nos gusta, nos excita o nos apetece, quizás por falta de confianza o porque no nos atrevemos a plantear determinadas cosas en un polvo de una noche, a riesgo de quedarnos sin nada, sin poder follar. Ese sueño recurrente propio de jóvenes inmaduros de tener una esclava sexual con la que satisfacer todas las ganas, de todas las maneras, en cualquier momento, en el lugar que sea, como sea… todos sabemos que no existe en la realidad, o más o menos. Yo he conseguido algo parecido sin proponérmelo, sin buscarlo, y disfruto de la situación sin plantearme nada más que gozar mientras pueda y dure esta relación. Espero que sea durante mucho tiempo porque me merece la pena. Felicia apareció en mi vida de casualidad, como tantas veces sucede entre hombres y mujeres. Una noche, tomando unas copas con dos compañeros de la oficina, entramos en un conocido local típico de finales de los años 80, en la decoración y en la música, a donde suelen ir hombres y mujeres ya pasados los cuarenta años, a la búsqueda de algún rollete de una noche o, lo que suele ser más habitual entre los tíos, tomar un buen par de copazos charlando, escuchar música conocida y darse una ración de vista con las tres camareras macizotas con minifaldas y escotes sugerentes —algunos ingenuos ...
... intentan ligar con ellas sin darse cuenta de que lo suyo es un trabajo y nada más— que el avispado dueño ha contratado. Los fines de semana también hay un par de camareros musculitos de gimnasio con camisetas ajustadas. Al volverme hacia la barra para pedir otra ronda tropiezo con alguien que me echa encima de los pantalones una copa de champán que lleva en la mano. —Disculpa, cómo te he puesto, cuánto lo siento —Nada, es culpa mía, ni me he dado cuenta al girarme Nos reímos al mismo tiempo y me percato de que es una mujer más o menos de mi edad —cuarenta y tres años— atractiva, muy morena de piel, muy maquillada, con el pelo liso, lacio, de color castaño oscuro y hebras rojizas, peinado en media melena con raya al medio, pegado a la cara, que le llega hasta el final del cuello, con brillantes ojos marrones, nariz recta pequeña, boca también pequeña de labios gruesos pintados de rojo brillante, no demasiado alta a pesar de los taconazos de aguja, embutida en un vestido azul de punto que le queda como un guante —o como una segunda piel— y pone de manifiesto que es delgada, curvilínea, que tiene de todo, quizás de tamaño no muy grande pero bien puesto. —Soy Feli, estaba preparándome para irme a casa —Te he tirado la copa, tómate otra, por favor. Yo soy Sergio —Vale, pero antes vamos a los aseos a ver si arreglamos el manchurrón de los pantalones La simpática guapetona mujer —más cerca de los sesenta que de la cincuentena— que es la encargada de los aseos ...