1. ¿Con Melón o con Sandía?


    Fecha: 06/05/2022, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos

    ... me hubiese teletransportado, de pronto me vi parado ante la puerta de la gorda. Mi puño tembloroso, a la altura de mi cara, dudaba entre golpear la puerta o quedarse en el aire permanentemente.
    
    A través de los cristales chinos, pude adivinar del otro lado, una mancha animada que se acercaba, tal vez ella percibía desde dentro, la silueta que delataba mi presencia. La puerta se abrió, cautelosa; y apareció ella, fresca, rebosante, recién bañada, con sus largos cabellos castaños todavía escurriendo. Su robusto cuerpo envuelto en una toalla. Inexplicablemente, lo primero que me vino a la mente fue preguntarme si se vendían toallas de ese tamaño. Yo mismo me contesté en el acto: “No, bruto; la toalla también la puedes comprar por metro y hacerla del tamaño que quieras”.
    
    Superado ese lapsus, me concentré en sus ojos, lucían distintos, pero igualmente bellos. No sabía porque insistía en sobrecargarse de maquillaje, si era naturalmente hermosa. Mi mano se posó sobre su mejilla. Su piel era tan tersa, tan perfecta. No hablamos, pero nos dijimos tantas cosas, tan dolorosas y tan sinceras, que en perfecta sincronía, en ambos, las lágrimas comenzaron a brotar.
    
    —Tú no te vas a marchar, ¿verdad?
    
    —No, aquí estaré toda mi vida...
    
    Y la besé, con hambre, con ese ardor con el que no había besado a nadie jamás, tratando de eternizar el momento. Cerré la puerta tras nosotros y nos dejamos llevar por la inercia que nos condujo hasta los sillones de la sala. Perdimos el equilibrio ...
    ... y caímos aparatosamente sobre el sofá, que se quejó lastimosamente al recibir de golpe tanto tonelaje. Nos miramos fijamente unos instantes, mientras menguaban las risas que habían estallado por lo ocurrido. Ya con los semblantes serios, nos volvimos a besar, sus labios me quemaban y mi lengua insistía en degustarlos, en hundirse en su boca, explorándola minuciosamente. Su aliento era fresco y sabía a pasta dental. Sonreí en nuestro beso imaginándomela preparándose para nuestro encuentro, y yo llegando, sorprendiéndola antes de tiempo.
    
    Me perdí entre los pliegues de sus carnes. Pues no supe en qué momento, la toalla se había desprendido de su torso, exponiendo su desnudez, abundante, esplendorosa y entregada. Me propuse saborear su cuerpo entero, besando, lamiendo y mordisqueando su anatomía entera. Pero era una labor titánica, interminable, porque cuando parecía que ya la había recorrido toda, resultaba que siempre había más terreno virgen. Acabé arrodillado en el piso, con la cabeza hundida entre sus piernas, bebiendo con avidez los líquidos que destilaba por aquella hendidura que me invitaba a hundirme cada vez más adentro, y yo me dejaba llevar, como tragado por arenas movedizas que me envolvían y me comprimían, haciéndome dudar si volvería a ver la luz del sol después de tal incursión.
    
    Y entonces vino el temblor, y sus manos se tensaron en mi cabeza, sus dedos se engarruñaron, aprisionando mis cabellos. Pero yo no me eché para atrás, a pesar del dolor, y continué ...
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