1. Memorias inolvidables (Cap. 8): José Alpuente, el joyero


    Fecha: 20/07/2022, Categorías: Gays Autor: janpaul, Fuente: CuentoRelatos

    Salimos Eduardo y yo de casa para dar un paseo, mientras esperábamos la llamada de José Alpuente, el joyero. Suponíamos que iba a tardar así que nos sentamos en una terraza para charlar, hacer proyectos y querernos sin tener que demostrárnoslo con el sexo, porque sí, porque nos queríamos.
    
    Cuando ya eran las 9 de la noche, que aún había luz y era de día, aunque sin sol y por tanto una tarde refrescada y refrescante, me llamó José. Saludó y preguntó dónde estábamos. Se lo indiqué y me soltó:
    
    — ¡Joder, eso está muy cerca! Voy por vosotros y nos venimos a casa de mi abuela, que ya está desesperada por conoceros.
    
    Lo esperamos no más de 10 minutos y cuando llegó nos levantamos para saludarlo y la emprendió con besos en plena calle, le seguimos la corriente y al que le sienta mal que se joda. Eduardo me dijo:
    
    — Ahí al lado hay gente que no para de mirarnos.
    
    — ¡Qué bien!, ¿verdad?. Dame un beso, cariño —dije en tono de voz que se pudiera escuchar.
    
    Eduardo me dio un beso en los labios y lo disfrutamos. José estaba que se descuajeringaba. Se agarraba de la barriga de risa por nuestro atrevimiento. Le dije con voz no exaltada pero suficientemente audible:
    
    — Yo no me meto con nadie, ni nada os he comentado del humo de cigarro que me llega a mi cara y no me voy a quejar jamás. Lo mejor en la vida es la naturalidad, eso no daña a nadie. Además no hay niños, que entiendo que se pudieran extrañar; de eso me he fijado antes, así que no pasa nada, cada quien que se fume ...
    ... su cigarro, se tome su cerveza y se bese con quien guste, no hay problema.
    
    Cambiamos de conversación y nos contó José cómo le había ido la semana en su joyería. Estaba contento, había tenido mucho trabajo y eso le ponía feliz. Llamé al chico camarero y trajo la cuenta, puse en la cajita el dinero y la propina y esperamos que José se acabara su refresco para levantarnos e irnos con él a su casa. Llegando a casa, José me dice:
    
    — ¿Por qué provocas?
    
    — José, yo no provoco; ellos estaban todo el tiempo comentando sobre nosotros tontería y media y el sujeto que hablaba me echaba el humo de su cigarro a la cara y no era que el humo se dirigía hacia nosotros, sino que el tipo se volvía hacia mi lado para no echarlo a los demás de su mesa y me lo echaba a mí. Yo no provoco, sino que se me hinchan los huevos y devuelvo con la misma moneda de cambio.
    
    — ¡Ah!, con toda la razón, otra vez me avisas, me levanto y le digo a quien sea dos y dos son cuatro, y lo que sigue.
    
    Entramos en la casa, su abuela salió a saludarnos sin ningún protocolo, nos besó a todos y se le veía feliz. Vi que la abuela habló con José a su oído y José le señaló con el dedo índice levantado y por el movimiento de la boca dijo «una» y no sé qué más.
    
    La cena fue opípara. Creo que había de todo lo que tiene que haber. Indiqué que era un exceso todo y que demostraba mucho amor por parte de la abuela. Ella me contestó:
    
    — Muchachito, para follar hace falta comer bien, que follar cansa y desgasta.
    
    Me ...
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