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Memorias inolvidables (Cap. 8): José Alpuente, el joyero
Fecha: 20/07/2022, Categorías: Gays Autor: janpaul, Fuente: CuentoRelatos
... salieron los colores de la cara. Estaba avergonzado por dar mi opinión ante la evidencia mostrada por la inteligencia de los años. Pero a la vez ya me di cuenta y pensé que la abuela le había preguntado a José si preparaba más de una habitación y él le dijo: «una, con la mía basta, abuela, que nos vamos a follar los tres como descosidos», lo que confirmé luego con palabras del propio José. Resulta que José no había tenido problemas con su abuela. Cuando su padre supo de su homosexualidad, lo mandó fuera de casa y él se fue a la casa de su abuela a quien declaró todo lo que le pasaba y por qué. Fue su abuela la que convenció a sus padres que «era más importante un hijo que un maricón», pero que ellos le habían dado más importancia al maricón que al hijo. Su padre se disculpó con el hijo por la salvajada que había hecho atropellando el ser del hijo y fue ahí cuando le puso la joyería. Desde ese día la abuela era para mí una heroína de la diversidad. Estuvimos departiendo. Hacía tiempo que yo no departía. Siempre estaba la televisión en funcionamiento y no hablábamos entre nosotros, todos encarados ante ellas. Por fin un día departíamos cuatro personas, una mujer casi anciana y muy dinámica con tres maricones muy maricones con ganas de follar, pero que lo pasábamos muy bien conversando de la vida de los santos y de los pecadores por igual. La abuela tenía una sensatez, un sentido de la vida, un sentido común…, extraordinarios. Todo le parecía que estaba bien menos lo que ...
... estaba mal y distinguía perfectamente el bien del mal. Ella decía que no es malo todo lo que hacemos los humanos, ni es malo todo lo que hacemos de malo, que lo malo es lo que hacemos con deseo e intención de dañar al otro y sin recapacitar para arrepentirse. Para mí la abuela fue un verdadero descubrimiento. El error, concluí gracias a la abuela, no es malo si uno lo corrige y cambia, lo que es malo es aquello que hacemos para dañar y no queremos cambiar para seguir dañando a quien no amamos u odiamos. Esta abuela era una buena mujer. ¿Era? No, lo es, cuando voy a ver a Onésimo, paso a saludar a la abuela, se llama, Florentina, y me da gusto lo que pondera los pequeños detalles que le llevo como obsequio. Pero siempre me habla de Eduardo, «tan silencioso, y calladito —dice—, tan amable y tan respetuoso, tan niño y tan protector, tan sencillo y tan generoso». Todo esto me dice la abuela de Eduardo. Hasta el tío Onésimo, papá Onésimo, va a verla porque un día que lo encontró en la calle le dio el pésame y le dijo que Eduardo era un chico muy bueno y muy majo. Nos faltan en el mundo muchas mujeres como esta abuela Florentina. Le prometí que iría alguna vez a verla y me dijo «haz lo que puedas, hijo, pero me gustaría que estuvieras en mi entierro». Me hizo llorar, pero más de alegría que de pena. Y voy a verla. Por ella me pongo el pantalón. — Chicos, vosotros a lo vuestro y yo a lo mío que me duermo en mí sola. Nos levantamos todos, le dimos un beso cada uno y nos fuimos a ...