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Con tres hombres en la montaña
Fecha: 23/10/2022, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
... tímidez casi enfermiza, algo feo, quizás por ello acomplejado, me miraba de reojo sin apenas articular palabra. Su padre, amable siempre, era también algo serio. Y el más dicharachero y extrovertido, el hermano, Robert. Yo también les informé con detalle de mis circunstancias, ya que ellos se habían sincerado sobre su vida. El desayuno se extendió tanto con la conversación que repetimos café y dulces, todos encantados. Dos o tres días después, un poco antes de mediodía oí que me llamaban desde el porche. Venían los tres, a traerme un obsequio, varios peces que habían pescado, ya los traían preparados, limpios y descabezados, listos para guisar. - Anne, buenos días, perdone que la molestemos. Queremos que acepte estos peces, ya que vd. es tan amable siempre. - Muchas gracias, me agrada mucho el detalle. Pero los aceptaré solo con una condición, que esta noche vengan vdes a cenarlos conmigo, los prepararé al horno, que me salen muy bien. Los tres sonrieron sorprendidos y agradecidos. - Por supuesto, por supuesto, Anne, estaremos aquí a la puesta del sol. - Les espero. Preparé para esa cena los peces con un guiso exclusivo mío que gusta a todo el mundo, además de una buena ensalada. No soy bebedora, pero tenía por allí una garrafa de vino de tres litros que alguien me había regalado hace tiempo, así que tendría ya un buen bouquet. A la hora exacta llegaron los tres hombres. Todo estaba preparado en el porche. Se acomodaron y George soltando un suspiró alabó ...
... el lugar. - Vaya vista, Anne, que bonito. La montaña, el valle, el silencio… Ahora comprendo que haya elegido vd. esta soledad. - Aquí me he encontrado a mí misma, George, de veras. - No me extraña nada, este lugar serena el alma. Charlamos mucho y durante mucho tiempo. Estábamos todos cómodos. Nuestras vidas, nuestros matrimonios pasados, nuestra vida profesional, lo que nos gustaba. Los trabajos que habían desempeñado, uno había sido vendedor de coches, otro un representante de seguros, ambos también jubilados. El chico al parecer no tenía un oficio definido, dada esa forma de ser que le costaba enfrentarse a la vida. El padre por ello lo cuidaba con esmero. Yo me había puesto, en lugar de mi chándal habitual, un vestido veraniego, un poquito por encima de las rodillas, abotonado por delante de arriba abajo. Para estar más cómoda, ya que me resultaba un poco estrecho para andar, tenía desabrochados los dos últimos botones. Con todo el tiempo que llevábamos charlando, era normal que en algunos momentos me descuidara un poco, con algún cruce de piernas o bien abriéndolas un poco, lo que hacía que el vestido subiera algo. Noté enseguida las miradas de deseo de los hombres, sobre todo de los dos mayores. El joven, en su timidez, apenas se atrevía a mirar, pero lo hacía disimuladamente. Estaba clara su situación: uno separado, otro viudo, otro seguramente virgen. No me molestó la situación, a pesar de estar totalmente apagada mi sexualidad con los años. Quizás ...