1. Si me ayuda dejo que me haga cochinadas


    Fecha: 05/02/2023, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Quique., Fuente: CuentoRelatos

    Maribel estaba en el monte, dormida, tomando el sol cómo las lagartas. Yo tenía 40 años. Iba con mi perro León en su busca cuando la vi de aquella guisa, descalza, con su falda verde arremangada bien arriba de las rodillas y con las manos detrás de la nuca, lo que al estar con una camiseta blanca de tiras, dejaba ver los pelos negros de sus axilas. Estaba en posición para comerla muy despacito. La desperté tocándole con una mano en un hombro. Abrió los ojos, se sentó, bajó la falda, y muy seria, me dijo:
    
    -¿Por qué me molesta, señor Enrique? ¿Qué quiere de mí?
    
    -De ti no quiero nada. Te desperté...
    
    No me dejó terminar la frase.
    
    -Ya, ya. ¡Quién le diera pillarme aunque fuera muerta de quince días.
    
    Todas las guapas eran igual de presumidas, todas. Le dije:
    
    -Eso es lo que más me gusta de ti, Maribel.
    
    Extrañada, me miró y me pregunto:
    
    -¿Lo qué?
    
    -Tu delicadeza al hablar.
    
    -¡Váyase a la mierda! Esta cómo una cabra, señor Enrique.
    
    -De tus cabras te venía a hablar.
    
    -¿Qué le pasa a mis cabras? -miró para donde debían estar apastando-. ¡Mis cabras! -se levantó-.¡¡Me robaron las cabras!!
    
    -No te robaron nada. Están las seis haciendo una fiesta en la huerta de maíz del Cojo.
    
    Echó las manos a la cabeza, y exclamó:
    
    -¡Mi padre me mata!
    
    -No si las vas a buscar y las traes otra vez para el monte. Yo no me voy a ir de la lengua.
    
    -Ayúdeme a traerlas de vuelta.
    
    -Yo no me piso las manos por ti ni por nadie. Ya bastante hice con ...
    ... avisarte.
    
    Maribel estaba asustada.
    
    -Yo sola no podré. Y si ven las cabras comiendo el maíz hay que pagárselo, y no tenemos dinero. Ayúdeme.
    
    No eran cosas mías. Le dije:
    
    -No voy a dar mi brazo a torcer. Maribel. Y apúrate que cuanto más tardes en sacar las cabras de la huerta mayores van a ser los daños.
    
    Era tal su desesperación que me dijo:
    
    -Si me ayuda dejo que me haga cochinadas.
    
    Sus palabras me dejaron perplejo. Cochinadas significaba lo que significaba, follar. La miré a los ojos, y le pregunté:
    
    -¡¿Cochinadas?!
    
    -Si, cochinadas.
    
    Aún no me lo podía creer.
    
    -¿Seguro?
    
    -Sí, ayúdeme, por favor.
    
    A veces un hombre tiene que cambiar de opinión. Y no fui ningún cínico, fui un hombre con sentido común, muy común. Le dije:
    
    -No se hable más. Vamos a quitar esas cabras de la huerta.
    
    Maribel era rarita, era de las que iba a la fiesta del pueblo para contar los músicos (no bailaba con nadie), de las que si había un entierro contaba a los acompañantes del muerto desde la puerta de su casa, pero al entierro nunca iba, de las que le gustaba escuchar chismes sin ser una chismosa, de las de... "Mírame pero no me toques", de las que se cagaban en tu madre si le decías un piropo. Era la inalcanzable del pueblo, y físicamente era un bombón, morena, delgada, de ojos oscuros y cabello negro y largo que recogía en una trenza, de estatura mediana, sus tetas se adivinaban generosas, sus piernas estaban bien moldeadas, su culo, su cintura y sus caderas eran perfectas, y de ...
«1234...»