1. Sor Anabel, Pilar y el cura


    Fecha: 11/04/2023, Categorías: Incesto Autor: Quique., Fuente: CuentoRelatos

    Sor Anabel, una monja joven, natural de Cuba, se había torcido un tobillo bajando una de las escaleras que daban al altar de una iglesia parroquial gallega. Esperando para oír misa estaba Pilar, la hermana del cura del pueblo, una rubia, de estatura mediana (cómo Anabel) y con un cuerpo de escándalo. Llevaron a la monja a la sacristía entre Pilar y el cura. La sentaron en una silla, y le dijo el cura a su hermana, que era enfermera y curandera:
    
    -¿Podrás curarla tú, Pilar?
    
    -Sí, Matías, sí. Vete a decir misa.
    
    El cura se fue. Pilar cogió un frasco con aceite consagrado, lo abrió, se untó las manos con él, le quitó la sandalia a la monja y comenzó a frotar el tobillo. Sor Anabel, le dijo:
    
    -Me estoy marenado.
    
    -Es normal que se maree, hermana.
    
    La monja, con la frente sudorosa, se desmayó. Pilar, que le gustaban las mujeres más que a los niños los caramelos, después de poner el tendón en su sitio, le levantó un poquito el hábito y fue masajeando su pierna. La piel negra de la monja brillaba al ser oleada. Pilar le levantó el hábito hasta que las blancas bragas quedaron al descubierto. Le separó las dos piernas y se las masajeó. La monja seguía desmayada. Tiempo después le apartó las bragas hacia un lado y le abrió el coño peludo. Estaba llena de babas. Las lamió, miró y vio que sor Anabel era virgen. Quería que se corriera estando inconsciente... Lamió de abajo a arriba el clítoris de la monja, que comenzó a gemir en bajito. Pilar ya tenía las bragas encharcadas. ...
    ... Lamía mientras oía cómo su hermano, el cura decía:
    
    -Pedid, y se os dará, buscad, y hallaréis, llamad, y se os abrirá...
    
    Pilar le dijo a la monja:
    
    -¿Me la das, Anabel?
    
    Anabel, inconsciente, le respondió:
    
    -¿Quién eres?
    
    -Tu angelito de la guarda, dámela.
    
    Anabel, abrió las piernas de par en par, Pilar lamió con celeridad, y la monja, tocándose las tetas por encima de hábito, echó la cabeza hacia atrás, y al más puro estilo Beata Ludovica Albertoni, jadeando cómo una perra le dio, le dio una corrida celestial, una corrida inmensa.
    
    Al acabar de correrse la monja, Pilar, le bajó el hábito, Sor Anabel abrió los ojos, y le dijo a Pilar:
    
    -Creo que acabo de pecar con una diablesa.
    
    Pilar, le mintió.
    
    -Debió ser el dolor al poner el tendón en su sitio el que la hizo delirar.
    
    -¿Usted cree?
    
    Pilar, siguió a lo suyo.
    
    - Sí. ¿Se lo pasó bien con esa diablesa, hermana?
    
    -Mucho. Necesito confesarme.
    
    -¿Que quiere confesar?
    
    -Lo que sentí. Lo que sentí tiene que ser pecado.
    
    Pilar siguió enredando con ella.
    
    -¿Y qué sintió, hermana?
    
    La monja se tapó la cara con las manos.
    
    -Sentí. ¡Ay, no lo puedo decir! Me da vergüenza.
    
    -Soy mujer, seguro que... A ver. ¿Sintió que se le mojaba el sexo?
    
    Sor Anabel, se abrió.
    
    -Sí, sentí cómo me mojaba, cómo mi sexo se abría y cerraba, era como si quisiera ser boca para comer algo. Me empezó a latir y a picar, mucho, mucho, mucho, y de repente algo explotó dentro de mi y sentí un placer tan grande que ...
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