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Familia cautiva de unos degenerados
Fecha: 22/04/2023, Categorías: Gays Autor: janpaul, Fuente: CuentoRelatos
Los Ortega regresaban a casa tras sus vacaciones. Al aterrizar y recoger sus maletas, salieron al aparcamiento donde estaba su coche estacionado desde el día que subieron al avión en dirección a Atenas. Todos tenían ganas de llegar a casa porque estaban muy cansados y la emprendieron en dirección a casa. El señor Ortega estaba feliz de haber cumplido la promesa que había hecho a sus hijos de visitar las islas griegas en el Egeo. Lo único que lamentaba Ernesto Ortega era que su esposa no los hubiera acompañado, ya que ella se había separado de ellos por propia voluntad, cosa que ya se venía cocinando hacía meses. Durante los quince días fueron de isla en isla, de sur a norte, conociendo muchos lugares. Su hijo mayor, Gonzalo, de 19 años, conducía y le entró modorra. Pararon en el arcén y pasó al asiento trasero, su padre pasó a conducir y su hermano Jaime, de 18 años, se puso de copiloto. Continuaron el viaje hacia casa, pero todo este movimiento despejó el sueño de Gonzalo y se quedó mirando el paisaje rural por la ventana. Repentinamente se desató una tormenta que rodeó el automóvil de la familia, y los relámpagos tan fuertes y deslumbrantes asustaron a los muchachos. — Papá, tenemos que encontrar un lugar para guarecernos. No podemos seguir con esta borrasca sobre nosotros. — Tienes razón, Gonzalo, pero parece que no hay ciudades y pueblos cerca de aquí, y ningún lugar donde vivir. Vamos a estacionar en llegar a un ancho. — ¡Mira! ¡Papá, allí! Una casa grande, ...
... tal vez nos dejen refugiarnos, —exclamó Jaime de repente al descubrir la casa gracias a un relámpago. — ¡Sí! Papá, detengámonos en esa casa. Sus dueños nos dejarán entrar y nos darán refugio hasta que amaine la tormenta, —dijo Gonzalo. Gonzalo y Jaime miraban a su padre y este respondió: — ¡Está bien! Tenéis razón. Estaremos más seguros allí. Jaime se alivió al escuchar a su padre porque ya estaba temblando de miedo. Salieron los tres del auto y corriendo se refugiaron debajo del porche de la casa. Ernesto presionó el timbre, pero nadie respondió. Intentó abrir la puerta, y ésta se abrió fácilmente. — Nadie parece vivir aquí. Esperaremos adentro hasta que mejore el clima, —dijo Ernesto a sus hijos. La sala estaba muy oscura y Jaime vio una lámpara de aceite en la mesa que había a un lado: — Papá, hay una lámpara de aceite y podremos ver qué hay por aquí dentro, si la encendemos. Ernesto Ortega sacó un encendedor y encendió la mecha. La habitación era grande, alfombrada, con un gran sofá y algunos muebles. En el sofá había varias revistas gay sin tapa. Se sintieron mal, estaban a punto de irse y se dispusieron a regresar al auto cuando escucharon algunos sonidos. Ernesto se volvió para mirar en dirección a la puerta, y tres hombres muy altos entraron; uno de ellos, el más grande, preguntó: — ¡Hey! ¿Qué estabais haciendo en mi casa? Otro sacó una pistola y señaló la cabeza de Ernesto. —¡No te muevas! El tío de la pistola dijo a Gonzalo y a ...