1. Eva y su hijo Abel


    Fecha: 01/05/2023, Categorías: Incesto Autor: Gabriel Vera, Fuente: CuentoRelatos

    ... speedo, tenso con aquel miembro.
    
    Así estuvimos no sé cuánto tiempo, el tenso, duro, y yo derretida, derritiéndome. Luego, cuando acabó el desfile, tuvimos que volver a la casa de la familia. No había mucho más que hablar. Mi marido tenía el coche viejo, con lo que yo, mencionando la jaqueca, dice que me iría a casa, que Abel me llevaba en el coche más nuevo (no era gran cosa, pero era más nuevo).
    
    Abel conducía. No nos dijimos nada durante el principio del trayecto. A mí me daba vergüenza y temor. Las intenciones estaban claras, pero y ahora, ¿qué hacíamos? Llegando ya cerca de casa me atreví y le puse la mano en el muslo. Abel... empecé. Mamá, dijo él. Yo moví la mano sin accidente hasta su entrepierna, voluntariamente, quiero decir. Noté su pene, el bulto de sus huevos debajo, la tela tan lisa del pantalón... Aparté la mano y fui por el muslo a la rodilla, sólo por darme un respiro, como el que tomaba él de respirar agitado. Mantuve la mano en su muslo hasta que llegamos y aparcamos. Sin accidente había sido el que yo le tocara, sin accidente quería llegar a casa.
    
    Salimos del coche sin decir palabra, y fuimos al ascensor. Yo no sabía qué hacer; o sí, pero no cuándo. Se cerraron las puertas y me rodeó la cintura con sus brazos, desde atrás. Me acerqué, noté el calor de su cuerpo que volvía a quemarse con el mío, mientras, repitiendo la posición de hacía un rato que me parecía ya siempre habíamos tenido. Se inclinó un poco y le oía respirando cerca, me olía el ...
    ... pelo, fue bajando mi niño hasta la nuca, y me besó allí; donde se concentraba todo el deseo que llevaba yo aquella noche, donde se formó el centro de mi mundo, donde se fundía todo mi cuerpo y quería salir por ese punto que él había tocado. Me estremecí.
    
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    Llegamos a casa. Abrimos la puerta, y no encendimos la luz. Qué extraño el piso sin gente, de noche, qué ajeno. Frente a frente, le toqué el cuello, nada más cerrar la puerta, le atraje a mí, busqué sus labios y empezamos el beso más dulce en muchos años, solamente los labios al principio, pero luego las lenguas se fueron abriendo paso y estuvimos largamente besándonos y acariciándonos, hasta que se fueron acompasando las respiraciones y llegaban a ser una sola.
    
    Sin encender las luces, sólo con la que venía de la calle, entramos, en silencio, en el nuevo piso, donde todo era diferente y yo no reconocía nada. Me llevó a su habitación, no sé si por no estar donde yo había estado con Adán. En su cama, tendidos lado a lado, seguimos besándonos, y él me iba acariciando los pechos ahora por vez primera, me sujetaba la cintura, me acariciaba los muslos, que a pesar de la ropa notaban el suave tacto de sus manos. Yo le besaba los labios, la cara, el cuello, me atreví un poco con el borde de su polo, toqué sus muslos que usé para sujetarme y no caerme de la nube en la que me iba flotando.
    
    Le levanté el polo y besé sus pezones, mientras él daba un respingo y gemía un poco, animándome así a que siguiera. Ahora era yo quien ...