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Eva y su hijo Abel
Fecha: 01/05/2023, Categorías: Incesto Autor: Gabriel Vera, Fuente: CuentoRelatos
... estaba en sus pezones, como él de niño había estado en los míos. Yo no pensaba ya, sino que me dejaba llevar por el ritmo que íbamos descubriendo, que iba surgiendo entre los dos. Le quité del todo el polo, aspiré su aroma, el desodorante que conocía desde hacía años, y el otro olor que no conocía, y que sin embargo era tan cercano, el del hombre al que ahora me entregaba. Íbamos besándonos sin hablar nada, sin luz, y sin embargo nos entendíamos, y nos veíamos con una claridad cegadora. Ahora él me iba desnudando, quitando la blusa, soltando el sujetador, me acariciaba los pechos, acercaba su boca a mis pezones que ya le esperaban erectos, ansiosos como toda yo. Me chupó. Yo gemí, sin poder evitarlo, pues ya no era pensamiento, sino sensación. Qué suaves, qué delicados, qué duros sus besos, su forma de chuparme las tetas, cómo me acariciaba todo el cuerpo, de arriba abajo. Siguió un tiempo así, hasta que por fin, de mutuo acuerdo, sin que tampoco ahora dijéramos nada, nos separamos y empezamos a desnudarnos. Tiramos la ropa al suelo, él me paró cuando iba yo me había quedado en bragas, un modelo que se ajustaba mucho, y que yo prefería a la braga de abuela, que destacaba mi culo, del que podía presumir, y que cubría mi vulva depilada, que a pesar de todo yo me mantenía dispuesta siempre no sé para quién o qué, pero siempre con la ilusión de verme en el espejo y decirme no estás tan mal. Eva. Me paró no para que no siguiera, sino porque quería desnudarme él. Estábamos ...
... de pie, vi que tampoco se había quitado su slip, tirante con su polla tiesa. Se agachó y me sujetó las nalgas con las manos, mientras me paseaba los labios por mi triángulo, mullido y húmedo. Sacó la lengua y me lamió desde fuera, rodeando el borde de la braguita a la vez que introducía las manos debajo de ella para acariciarme las nalgas, llegando a acariciarme con los dedos la raja, y bajando desde el ano a la vulva desde atrás. Yo gemía como nunca había hecho con Adán, siempre recatada, y ahora abandonada a esta comunicación sin palabras. Me siguió lamiendo hasta que me bajó la braguita, y entonces me visitó el contorno de los labios, y finalmente entró la punta de la lengua, que fue recorriendo mi rajita, ayudándose de los dedos que me iban abriendo poco a poco. Yo no entendía, pero agradecía, la lentitud con que mi hijo me iba haciendo suya; en vez de atacarme y hacerme suya con voracidad estaba disfrutando como me hacía disfrutar a mí, como si el tiempo se hubiera acabado para los dos, no existiera más, y por eso teníamos todo el tiempo del mundo. Fue aumentando la velocidad de los lametones, subió las manos a mis pechos, que acariciaba y apretaba alternando un placer con otro. Su lengua ahora entró en mí, fue buscando por el laberinto de mi cuerpo y me llegó al clítoris, que atacó con una dulzura que me hacía estremecer de gusto. Me rodeaba y se iba, me extraía de mí y me devolvía a sus hombros, donde yo había apoyado las manos. Fue aumentando la velocidad y la ...