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El inesperado reencuentro con mi tía
Fecha: 24/08/2023, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos
Esto fue hace mucho tiempo, pero no me lo voy a olvidar nunca, lo tengo grabado en mi cuerpo, como si hubiese pasado ayer. Y ahora, estando casado, con dos hijos, no pasa un solo día, sin que, al menos durante unos segundos, recuerde las tardes de pasión que viví con tía Mariela, en aquella habitación pequeña y penumbrosa. Y cuando aquellos recuerdos me acosan por las noches, mi esposa se ve asombrada al encontrarme más tieso y salvaje que en otros encuentros amorosos. Hoy, quizá por miedo a que el tiempo disfrace los hechos, decidí plasmar fielmente toda esta historia, confiando en que mi imaginación todavía no se haya corrompido por el paso del tiempo. Yo tenía diecinueve años — Ahora tengo treinta — y había salido de mi trabajo en el call center. Acababa de cobrar mi sueldo, y tenía todos los billetes en un fajo, adentro de la mochila. No ganaba mucho, pero todavía vivía con mis padres, así que todo mi sueldo lo gastaba en ropa, y me permitía algunos que otros gustos. Por supuesto que, cada tanto, colaboraba con los gastos en casa, para no sentirme un parásito, pero eso no viene al caso. Uno de los lujos que me permitía, era irme de putas, de vez en cuando. No es algo que me enorgullezca, pero tampoco me avergüenza. Siempre me costó relacionarme con el sexo opuesto, así que las prostitutas me ayudaron a ganar experiencia para que, cuando por fin conquistara a una chica que me gustara, no me comportara torpemente. La verdad que dio resultado, si no, habría que ...
... preguntarle a mi mujer. En fin, aquella tarde, con el montón de billetes en mi poder, y unas cuantas horas de sobra, me quedé paseando por el microcentro. Si bien hasta el momento solo había conocido dos o tres prostíbulos, me constaba que era el mejor lugar para encontrar mujeres. Eso sí, era bastante caro, y no me podía permitir esas salidas todos los meses. Pero hace un tiempo venía ahorrando, y en casa me esperaba otro fajo de billetes, por lo que, por esa vez, me podía permitir saborear una buena escort. Solo bastó con caminar un poco y ya encontré un teléfono público con un montón de pequeños volantes, en los cuales estaba impresa la imagen de una hembra desnuda, y debajo, un número de teléfono. Agarré varios de esos volantes, mirando a todos lados, con temor a encontrarme a algún conocido que descubra mi debilidad por las putas. En esos momentos el corazón me latía fuerte, y eso me encantaba, porque era como la fase inicial de un ritual que culminaría en una agradable eyaculación. Luego me fui a la plaza a sentarme tranquilo. Leí con deleite los papelitos, luego los ordené uno detrás de otro, dejando al final el que me parecía más prometedor. Comencé a llamar a esos lugares, usando mi celular, que, según recuerdo, era de esos que parecían un pequeño ladrillo gris —¡ay cuántos recuerdos! — a medida que colgaba, anotaba detrás del volante las tarifas, y alguna característica que me gustaba o me desagradaba del lugar. Por lo general, descartaba aquellos puteríos que eran ...