1. Oscura historia de una escalera


    Fecha: 03/10/2023, Categorías: Gays Autor: superrapado, Fuente: CuentoRelatos

    Aurelio suelta el saco de patatas que ha cargado desde el sótano del mercado, frente a un puesto donde se despachan frutas y verduras.
    
    -No se te ve de buen humor los últimos días -le dice el frutero, hombre de constitución robusta y calva incipiente- ¿Qué te pasa?
    
    -No es nada. El otoño, que me pone de mala hostia. ¿Me pagas ya?
    
    -Ten -contesta el frutero entregándole unas monedas- ¿Por qué no me esperas y nos tomamos unos vinos? O si prefieres, los tomamos en mi casa. Ya tengo televisor.
    
    Aurelio agacha la mirada y contesta.
    
    -No estaría mal. Pero tengo a mi madre enferma y no quiero preocuparla si llego tarde.
    
    -Bueno, pues otro día. Me caes bien, Aurelio.
    
    -Sí, ya veo. Tú también a mí.
    
    Se hace un silencio expectante entre ambos durante el cual, el porteador no aparta la mirada de la del frutero.
    
    -Pero mi madre está enferma.
    
    Aurelio se marcha y el frutero queda con semblante decepcionado.
    
    De vuelta a los sótanos del mercado, se quita la tela basta con la que cubre la ropa a fin de que no sufra con los portes, y se despide de otro par que también ejercen de porteadores.
    
    Sale a la calle cubierta por una densa niebla otoñal. Se enciende con un zipo un cigarrillo negro, sin boquilla, extraído de un paquete arrugado. Seguido se echa mano al bolsillo donde ha guardado las monedas que le ha entregado el frutero. Vuelve la cabeza hacia atrás como si meditara regresar al mercado y aceptar su propuesta. Pero finalmente se sube el cuello de la chaqueta ...
    ... de gastada pana grisácea, y emprende el camino de regreso hacia su barrio.
    
    Tras cerca de veinte minutos caminando a buen paso en esa tarde oscura y húmeda, enfila por una calleja apenas iluminada hasta una casa que conoció mejores tiempos. Entra en el portal. Cuelga una lámpara fundida del techo del mismo. Una solitaria bombilla, situada en lo más alto de las escaleras, evita que ascenderlas no sea una aventura en una oscura caverna. La débil luz, más que iluminarlas, las llena de recovecos en penumbra que despiertan inquietantes sensaciones.
    
    Pese a que lleva cerca de cuarenta años entrando en ese mismo portal, siempre que llega a él siente una punzada de temor que solo de adulto aprendió a controlar. Pero de niño, el miedo le atenazaba de tal manera que tardaba largos minutos en armarse de valor para afrontar tan tétrico trayecto.
    
    Aurelio respira hondo y sube el primer tramo con esos recuerdos de niño asustado pesándole en la memoria. Cuando alcanza el primer piso se abre una puerta de manera inesperada y da un respigo.
    
    -Tranquilo, Aurelio, que soy yo -le dice con sorna el hombre que ha salido al rellano con un cubo a rebosar de desperdicios caseros- Y mira por dónde, en ti pensaba. Lo que son las casualidades.
    
    -¡Eres un cabrón! -le recrimina el porteador con voz queda- Te largas y no me dices nada. Desapareces y sin saber una mierda de ti.
    
    El vecino apoya la mano libre en la baranda. Una mano recia, dura, ancha, con vello en el dorso de las falanges, uñas ...
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