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El enemigo de mi marido
Fecha: 18/10/2025, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos
... gozando de sus embestidas, sin ningún pudor, delante de ese vidrio, sabiendo que cabía la posibilidad de quedar expuesta. —Manipulador hijo de puta —dije. Pero el jadeo con que se interrumpió mi insulto dejó en evidencia que en ese punto mi cuerpo estaba completamente sumido en el goce que me generaba esa gruesa verga que me estaba hundiendo. Como era de esperar, él solo se limitó a reír, para luego empezar a embestirme con más fuerza. El vidrio era reforzado. No tembló ni un poquito a pesar de que cada vez ejercía mayor presión con mis manos. Los jadeos de Lorenzo se tornaron cada vez más agitados, hasta que acabó. Se metió en un rincón, en el que supuse que estaba el baño y que ahí se sacaría el preservativo. Me dejó ahí, con el vestido levantado y el culo al aire. Agarré mi ropa interior, me la coloqué, y acomodé mi vestido. Lorenzo volvió. Quien viera lo prolijo e inmaculado que se encontraba no sospecharía que acababa de echarse un polvo. —Quitate el vestido —me dijo. —Pero si ya hiciste lo que querías —dije. —No seas tonta. Podés quedarte quince o veinte minutos más. Te prometo que después de eso, te libero. —¿Me liberás? —pregunté, ofendida—. ¿Así que estoy secuestrada? —Claro que no. Podés irte cuando quieras. Pero si no querés que tu empresa se funda, quitate el vestido —insistió él. —Habíamos quedado en que si me cogías no ibas a rescindir nuestro contrato —respondí, patéticamente, intentando encontrar una lógica a toda esa situación ...
... tan inusual. —No. Eso fue lo que vos asumiste. Me extraña Dana, sos una mujer de negocios. Siempre tenés que tener en claro las cláusulas de un acuerdo. —¿Y cuáles son las cláusulas de este acuerdo? —pregunté, tragándome el orgullo. —Bueno, simplemente que quiero hacértelo una vez más. En una rato tengo que ir a otra reunión, así que no tengo tiempo para tus dudas. Quitate el vestido inmediatamente. A regañadientes, me lo quité. Luego me dispuse a desabrochar mi brasier. —Todavía no —dijo él. Se fue a su escritorio, y se sentó en el ostentoso sillón acolchado. Me indicó que me acercara. No di más vueltas al asunto. Rodeé el escritorio y fui a su encuentro. Me puse de rodillas. Cuando me incliné, él me detuvo. Me miró desde arriba, examinado mi rostro con aparente meticulosidad. Entonces me percaté de que su celular estaba vibrando. Lo tomó y lo atendió. —Alan. Bastante tarde me devolviste el llamado —dijo. Escuché que mi marido le respondía, seguramente diciéndole que desde hacía rato estaba intentando comunicarse—. Mirá, ahora no tengo tiempo de hablar con vos. Pero ya arreglé el asunto con Dana. Que ella te explique lo que hablamos. Ah, y otra cosa, Alan. Dana es una mujer de oro. Deberías considerarte muy afortunado de que esté a tu lado. Colgó. Lo miré, ahora con odio. —No te preocupes —dijo—. Como hombre de negocios que soy sé que no es bueno presionar demasiado. Ahora me vas a chupar la pija, y nuestro acuerdo va a quedar sellado. Podés ...