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¡La Concha de mi Hermana! [10]
Fecha: 06/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos
... ayudarte. No tuve tiempo de taparme. Ella ya se había metido en la cama. También desnuda. Antes de que pudiera decir una palabra, se acomodó con la cara junto a mi verga y sacó su celular. Lo apuntó hacia abajo, sonrió con todos los dientes y apretó el botón. Click. —Listo —dijo, satisfecha—. Creo que esta vez sí la saqué bien. Fue espontánea, real. Arte puro. Al día siguiente, mientras se secaba el pelo en el baño, salió con la noticia: —Tenemos un pequeño inconveniente técnico. —¿Qué pasó? —Me olvidé de activar el flash. En la foto no se ve nada. Literal. Es una sombra negra con un par de dientes flotando en el aire. Me quedé en silencio un segundo. —¿Y si la editás un poco? ¿Le subís el brillo? —Ya probé. Lo único que logré fue parecer un fantasma encima de una mancha. Así que sí: segundo intento fallido. Se envolvió en la toalla y salió, caminando como si nada. Pero antes de llegar a la cocina, se giró. —Parecés entusiasmado con la idea de que la foto funcione —Bueno —dije, apoyado en el marco de la puerta—. Teniendo en cuenta que no tuve ni tiempo de pensar, y que la foto ya había sido sacada... no hubiera estado tan mal que funcionara. Katia alzó una ceja, sonriendo. —Vaya, Abel. Qué actitud tan cristiana la tuya. —Muy graciosa. —Solo digo que… si así reaccionás sin saber que hay cámara, me da curiosidad cómo reaccionarías con el trípode armado. —Me niego a discutir eso con alguien que parece una toalla con ...
... piernas. Ella me tiró una pantufla sin dejar de reírse, y desapareció por el pasillo. Yo me quedé ahí, pensando si esta guerra absurda de fotos iba a terminar alguna vez… o si, de a poco, ya la estábamos ganando los dos. * * * Al día siguiente, en la oficina, estaba concentrado en una planilla, alineando celdas como un monje en meditación, cuando Katia apareció detrás mío y susurró: —Necesito ayuda con un problemita. Esas palabras, en su voz, eran la antesala del apocalipsis. Un problemita podía ser desde haber mezclado dos tipos de fideos en el mismo paquete hasta incendiar accidentalmente la sala de reuniones con un sahumerio de palo santo y chía. La seguí con resignación. Caminaba adelante mío con un paso tranquilo, casi coreografiado, como si no estuviera llevando a cabo una misión de sabotaje. Llegamos al baño de la oficina. Era unisex, con cubículos completamente cerrados, lo que te daba la falsa ilusión de privacidad. No había nadie. Solo el zumbido lejano del aire acondicionado. —¿Qué pasa? —pregunté. —Adentro —dijo, señalando con la cabeza uno de los cubículos. Dudé. Avancé. Al entrar, lo vi. Un corazón pintado con labial rojo en la pared de cerámica blanca. Adentro, con letra de postal, decía: Katia y Cristian. Me quedé un segundo mirando eso, incrédulo. —Dios mío —murmuré, ya sacando unas toallas de papel del dispenser—. ¿Qué clase de jueguito es este, Katia? Acá no hay ningún Cristian y la única Katia sos vos. ¿Cuánto creés que ...