1. ¡La Concha de mi Hermana! [10]


    Fecha: 06/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos

    ... interior en el respaldo de las sillas. Por decir algo.
    
    Katia parpadeó. Masticó lento. Tragó con dificultad.
    
    —Eso fue una sola vez —dijo, bajito.
    
    —Varias —respondió Patricia, sin cambiar el tono—. Y no lo digo con mala intención. Solo… bueno, ya lo hablamos en su momento. No es fácil convivir con vos, Katu. Vos misma lo dijiste una vez: no te das cuenta de tu propio caos.
    
    Katia bajó la vista. Estaba colorada. Pero no de vergüenza, sino de esa mezcla rara entre incomodidad y enojo contenido.
    
    —Yo pensé que me estaban invitando a cenar, no a una auditoría —dijo, todavía sin levantar la voz.
    
    Decidí intervenir antes de que eso escalara.
    
    —Convivir nunca es fácil —dije, limpiándome la boca con la servilleta—. Ni aunque las dos personas tengan reglas parecidas. Siempre hay fricciones. Costumbres que chocan. Tiempos distintos.
    
    Patricia negó con suavidad.
    
    —Hay personas que, por naturaleza, son difíciles. Y no lo digo como ataque. Solo que no podés juntar a una caótica que desordena todo con un obsesivo que necesita controlarlo todo. Lo que se genera es ruido. Y con ruido no hay armonía.
    
    Esa palabra. “Armonía”. Rebotó en la mesa como una piedrita en un vidrio flojo.
    
    Katia no dijo nada. Pero dejó el tenedor sobre el plato, como si ya no tuviera hambre. Yo tampoco dije nada. Solo la miré de reojo. Y cuando levanté la vista, vi que Katia también me estaba mirando.
    
    Y los dos —sin decirlo— entendimos lo mismo.
    
    Patricia había cruzado una línea.
    
    Ella, ...
    ... mientras tanto, seguía comiendo rúcula como si no hubiera hecho estallar una bomba entre plato y plato. Como si su análisis fuera un simple comentario más.
    
    Yo tragué saliva. Pero no por la comida.
    
    Sino porque, por primera vez en toda la noche, me dieron ganas de agarrar una papa frita y clavársela en la frente.
    
    El silencio que siguió fue denso, como si la ensalada de rúcula hubiera tomado control de la energía en la mesa.
    
    Katia fue la primera en reaccionar.
    
    —Igual… vos tampoco sos tan fácil para convivir, Pato.
    
    Patricia la miró con sorpresa. No molestia, aún. Sorpresa.
    
    —¿Ah, no?
    
    —No sé si sabías —intervine yo, clavando el tenedor en una papa frita—, pero la casa siempre huele a pachuli. Para disimular el tufo a porro.
    
    Patricia entrecerró los ojos, no ofendida, pero sí calibrando si valía la pena contestar.
    
    —Y los yogures —siguió Katia, como si fuera un informe criminalístico—. Comprás yogures que después no comés. Se quedan ahí hasta que vencen. A veces me hablaban desde el fondo de la heladera.
    
    —Te juro que uno tenía tanto moho que creí que iba a cobrar vida —añadí.
    
    —Y las galletitas —dijo Katia, ya lanzada—. Las comés a escondidas y después dejás el paquete abierto en cualquier rincón. ¿Quién se comió las obleas que estaban arriba de la biblioteca? Las hormigas hicieron una fiesta con eso.
    
    Patricia apretó los labios. No se defendía. Pero tampoco retrocedía. La teníamos acorralada.
    
    —Ah, y el análisis constante —dije yo, acomodándome ...
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