1. Mamá, ¿por qué estás desnuda? (8)


    Fecha: 19/01/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos

    Nada puede prepararte para despertar con el cuerpo de tu madre pegado al tuyo, desnudos y entrelazados. El cliché sería decir que me despertó el sol que entraba por las rendijas de la persiana, o el canto de algún ave madrugadora. Pero no: fue el calor. El calor y el olor.
    
    Nunca he sido especialmente sensible a los olores, pero ese día desperté bañado en el aroma ácido y dulce de mamá: sudor seco, una amalgama de olores del cuarto y, bajo todo eso, la humedad aguda del sexo. Era un olor reconocible, sí, pero también nuevo; una firma química que se me quedó pegada al paladar y me hacía salivar. Miré hacia abajo y la vi, completamente dormida, la mejilla aplastada contra mi hombro, los labios entreabiertos, exhalando respiraciones pequeñas y circulares sobre mi piel.
    
    Tuve que verificar si todo había ocurrido de verdad. Si la noche anterior, el vibrador, los gemidos y el orgasmo animal de mamá habían sido reales o sólo una alucinación de mi cerebro descompuesto. Pero ahí estaba: su pierna cruzada por encima de mi muslo, la mano caída en mi pecho, y entre sus dedos, aún, la huella de mi semen seco.
    
    Por un segundo sentí el terror de siempre. El pensamiento imbécil, infantil, de que mamá iba a despertar de golpe, recordar todo y, con el horror de una virgen violada, me iba a echar de la casa o, peor, a dejar de hablarme para siempre. Me quedé inmóvil, conteniendo el aire, con el estómago recogido en un puño.
    
    Pero el tiempo es una fuerza ilógica. Pasaron los minutos ...
    ... y ella no se despertó. Se limitó a moverse apenas, a hundir la cara más en mi cuello, a suspirar de vez en cuando como si soñara con algo hermoso o, tal vez, con algo normal. La luz fue haciéndose más fuerte, y la temperatura también. El sudor se acumulaba en los pliegues de nuestras pieles. Y aún así, no quería moverme.
    
    No sé cuánto tiempo permanecí así. Diez, veinte, quizá treinta minutos. Viendo el rostro de mamá a esa distancia absurda. Mirando las líneas de expresión que sólo se notan cuando duerme, la curvatura rara de su oreja, el temblor involuntario de sus párpados, y hasta el vello rubio y diminuto que le salpicaba la mejilla bajo la luz oblicua.
    
    Me pregunté, con más miedo que curiosidad, qué sería de nuestra relación después de esto. Si el milagro cotidiano de las carreras y las compras en el súper iba a sobrevivir a la explosión nuclear de la noche anterior. Me pregunté, además, si mi vida sexual con mujeres normales estaba arruinada para siempre.
    
    La respuesta llegó antes de que pudiera rumiarla bien: mamá despertó de golpe, con un salto suave de los párpados, y me miró directo, sin siquiera pestañear. Por un segundo, mi corazón se paralizó.
    
    —Buenos días, —dijo, como si despertara de una siesta cualquiera.
    
    Su voz era de lija, ronca y cavernosa, pero en su cara no había ni pizca de terror, ni de vergüenza.
    
    —¿Dormiste bien? —preguntó, frotándose la cara con la palma de la mano.
    
    —Perfecto, ¿y tú? —respondí.
    
    Ella se quedó pensando, como si ...
«1234...8»