1. Barro y Exoesqueleto


    Fecha: 09/02/2026, Categorías: Gays Autor: Noxia, Fuente: TodoRelatos

    ... Samsa, a su lado, hacía esfuerzos por mantenerse erguido, consciente de la rigidez en su espalda insectoide y del tacto frío de su piel, que a veces parecía vibrar con su propio pulso mecánico.
    
    Un leve roce de Samsa con la correa de un zurrón colgado en su espalda levantó pequeñas escamas de su piel, que cayeron con una fina lluvia al suelo, pasando casi inadvertidas entre la multitud.
    
    Se detuvieron un instante frente al Puente Carlos, donde la corriente del Moldava reflejaba la ciudad con una ondulación viva, como un espejo quebrado. Desde el puente, un grupo de personas contemplaba el panorama, pero sus ojos evitaban la extraña pareja, temiendo contaminarse con su presencia. La sombra de una gárgola metálica, parte del sistema de iluminación del puente, se proyectaba sobre el agua con una quietud amenazante.
    
    —Ellos no entienden —murmuró Samsa, tocando con la punta de sus antenas la superficie de una mesa cercana, percibiendo la vibración del metal frío—. Temen lo que no pueden clasificar, lo que rompe sus esquemas.
    
    El Golem asintió, con sus ojos sin pupilas brillando con una luz tenue, como fosforescente.
    
    —Es la vieja historia —respondió con voz profunda y resonante—. La diferencia como peligro.
    
    Buscaron refugio en una terraza que daba a una plaza secundaria, donde la vida parecía más pausada. La terraza estaba adornada con parasoles de encaje, mesas de hierro forjado y sillas con cojines de terciopelo gastado. El camarero, un hombre enjuto y nervioso, ...
    ... con gafas redondas de metal y una cadena colgando del chaleco, les miró con mezcla de curiosidad y aprensión.
    
    —¿Qué desean? —preguntó, con una voz contenida, apenas un susurro.
    
    —Un café turco —dijo Samsa, con calma—, y té de hierbas para mi amigo.
    
    El Golem se acomodó lentamente, dejando que pequeñas gotas de barro se desprendieran de su cuerpo, humedeciendo el suelo de piedra sin que nadie lo notara del todo. Samsa, por su parte, frotó con suavidad una de sus placas que se había desajustado un poco al sentarse. Era una acción automática, un gesto casi inconsciente, que revelaba la extrañeza de su propio cuerpo.
    
    Mientras esperaban, el ruido de la ciudad se colaba desde la calle: el claxon agudo de un coche a vapor, el sonido de ruedas sobre piedras irregulares, el murmullo de conversaciones en diferentes idiomas y acentos.
    
    El Golem observaba a su alrededor con sus ojos sin expresión, como si absorbiera cada detalle, cada reacción humana. Samsa notó un leve temblor en sus manos, una vibración sutil, casi imperceptible, que podría ser la señal de un pensamiento profundo o de una emoción contenida.
    
    —¿No sientes que somos un espectáculo? —preguntó Samsa en voz baja—. Como piezas de un extraño museo ambulante.
    
    —Lo somos —contestó el Golem—. Pero quizá también somos un recordatorio. Algo que les obliga a mirar, a cuestionar.
    
    Las palabras flotaron en el aire, mezclándose con el aroma del café y del té, con la bruma tenue que comenzaba a envolver la ciudad.
    
    Un ...
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