1. Antonio el camionero se folla a la Jessi (II)


    Fecha: 10/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos

    ... gesto pensativo. Tenía más de ochenta, los ojos llenos de legañas y una bata oscura que llevaba abrochada sólo con un imperdible.
    
    —Yo sólo digo una cosa —soltó con voz cascada—: si a mí me hubieran dao una bestia como este mozo en mis tiempos… habría tenido que dormir boca abajo el resto de mi vida.
    
    Todos estallaron en carcajadas, menos el hijo de Jessi, que masticaba lomo a dos carrillos mientras levantaba la vista con cara de espabilao.
    
    —La polla del señor Antonio es más grande que el plátano que me compró la yaya en el Mercadona —largó de pronto, con la inocencia de quien suelta una verdad absoluta.
    
    Antonio, que tenía la boca llena, casi escupe de la risa. Dio una palmada sobre la mesa y, todavía riéndose, alzó el tenedor como si fuera un micro de verbena:
    
    —¡Y que lo digas, chaval! —tronó, orgulloso—. Y no sólo es más grande… mi leche tiene más potasio que cualquier plátano de esos. Eso sí que te pone fuerte.
    
    El crío lo miraba con los ojos abiertos de par en par, dudando entre la fascinación y la incredulidad. Jessi, colorada como un tomate, le pegó un manotazo cariñoso al hombro a Antonio mientras se mordía el labio para no soltar otra carcajada.
    
    —Anda ya, bruto… —dijo, pero sin apartar la mirada pícara del camionero—. Como sigas presumiendo, te vamos a poner a vender batidos en la plaza del pueblo.
    
    La madre tampoco pudo resistirse y se rió con ganas, dándose aire con la servilleta.
    
    —Pues oye, tampoco sería mala idea —intervino con tono ...
    ... socarrón—. Con lo caro que está el plátano, a lo mejor lo tuyo es mejor negocio.
    
    Antonio se echó hacia atrás en la silla, con la barriga temblando de la risa, orgulloso de tener a toda la mesa pendiente de sus bravuconadas.
    
    —¡Claro que sí! —remató, dándose un golpe en el pecho—. Mi mercancía es de primera, y además es gratis.
    
    El niño, que no entendía del todo pero intuía que allí se estaba hablando de algo gordo, se inclinó hacia Antonio con el ceño fruncido y la boca aún llena de pan.
    
    —Pero… ¿cuánto mide? —preguntó con absoluta seriedad.
    
    Hubo un silencio repentino en la mesa, roto al instante por una risotada general. Jessi se tapó la cara con las manos, la madre se atragantó de nuevo con el gazpacho, y Antonio, disfrutando como un puerco en una charca, alzó la ceja y respondió con voz solemne:
    
    —Mira, chaval… más que la barra de pan que tienes ahí frente al plato. Y si no, pregúntale a tu mamá.
    
    La abuela se persignó por hacer el paripé, pero luego remató, chupando un dedo manchado de alioli.
    
    —¡Qué escándalo, hija! Pero oye… si a ti te entra, que no se desperdicie, que eso es carne buena. Aprovéchala antes de que se le ponga blanda.
    
    Y siguieron cenando, entre bocados, risas, y comentarios brutos que harían sonrojar hasta a un camionero francés. Antonio se sentía como en casa: comida contundente, mujeres deslenguadas, un niño precoz y un suegro en silencio que lo miraba como quien contempla una amenaza… o una oportunidad.
    
    Y mientras se echaba otro ...
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