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Antonio el camionero se folla a la Jessi (II)
Fecha: 10/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... reviviendo a lo largo de la cena como una flor de invernadero. Se metió la mano dentro del calzoncillo largo, ese modelo de abuelo con gomas flojas, y se la empezó a cascar despacio, con la oreja aún pegada, jadeando bajito. —Joder… qué suerte tiene este cabrón… —susurró, como si le hablara a la virgen—. Poniéndose las botas en la mesa y ahora en el cuarto de la Jessi. Dentro, Antonio no paraba: —¡Traga, guarra! ¡Traga bien! Que esto no es un polo de fresa, es rabo de camionero, de los que se enjuagan con cerveza y se lavan con saliva. Así, eso es… ¡Eso es! Mírame a los ojos mientras me la comes. Venga… como si quisieras sacarme la paga de este mes por la punta. Ramón apretó la mandíbula. Se bajó un poco el calzón y sacó la polla del todo, tiesa, brillante y algo torcida, pero aún con brío. Se apoyó contra el marco de la puerta y se la pajeó como si estuviera rebobinando una cinta antigua, sin prisa pero con concentración. El sonido de la mamada aumentaba, era casi musical: lametones, arcadas, respiraciones cortas, golpes de barriga peluda contra la frente. Y entre medias, los jadeos de Antonio, cada vez más secos, más roncos, como los de un jabalí en plena cópula: —¡Vamos! ¡Que te voy a dejar la campanilla como un timbre roto! Al otro lado, el padre de Jessi ya tenía la punta de la polla humedecida y roja, empapada de líquido preseminal. Movía la mano con ritmo irregular, más empujado por el morbo que por el placer. Cada palabra que salía de la boca ...
... de Antonio era gasolina en su fuego de viejo cochino. Y entonces lo oyó: —¡Tómala entera, Jessi! ¡Enterita! ¡Así se hace! ¡Que tu viejo se entere de que te has ganao otra estrella Michelin con esa garganta! Ramón se quedó congelado, con la picha en la mano, mirando a la puerta como si lo hubieran pillado robando en misa. El sudor le bajó por la sien, el corazón se le subió a la garganta, y por un momento pensó en darse la vuelta, en escabullirse al salón y hacerse el dormido en el sofá. Pero entonces Antonio volvió a hablar, esta vez más tranquilo, más canalla, más directo: —Anda, Ramón… no te hagas el loco. Pasa pa’dentro, coño. Que aquí nadie juzga a nadie. Y si lo haces bien, hasta te sirvo un licor de hierbas después. La puerta se abrió despacio, con un chirrido suave, casi tímido. El padre entró con la picha aún medio fuera, la respiración entrecortada, y los ojos clavados en el panorama que tenía delante: Jessi estaba tumbada boca arriba sobre la cama, desnuda, sudada, con las piernas abiertas y los pezones todavía duros. Tenía la cabeza colgando por el borde del colchón, el pelo despeinado como si hubiera pasado por una centrifugadora, y la cara enrojecida, húmeda, con la barbilla brillante de saliva y baba de rabo. Justo enfrente, de pie, Antonio se sacudía la polla con gesto tranquilo. La tenía a medio gas, hinchada, babeada, con las venas marcadas como raíces y la punta colorada como una cereza en pleno agosto. Se la zarandeaba con una mano ...