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Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
... pausa y respondió —Lo se. La manta aún cubría los hombros de Elena. La pintura a medio terminar seguía allí, como si la noche no hubiera tocado sus colores. Annabelle estaba sentada junto a la ventana, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre las rodillas. —La pintura del salón... —Annabelle bajó la mirada, como si confesara algo que no debía doler—. Fui yo quien te pintó en la clase de arte. Elena se quedó inmóvil. No por sorpresa, sino por reconocimiento. Como si algo que había sentido sin saber ahora tuviera nombre. —No sabía si decírtelo. No fue por exhibirte. Fue por entenderte. Había algo en tu postura, en cómo no mirabas a nadie, que me hizo querer capturarlo. No para mostrarlo. Para guardarlo. Elena se acercó. No dijo nada. Solo levantó una mano y acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de Annabelle. El gesto fue lento, casi ceremonial. Luego la miró, largo, como si leyera cada trazo invisible en su piel. Annabelle le sostuvo la mirada. No con vergüenza, sino con una ternura que no pedía permiso. Elena se inclinó y la abrazó. Un abrazo sin urgencia, sin promesa, solo presencia. Annabelle le rodeó la espalda con los brazos, como si la protegiera de algo que ya había pasado. Elena bostezó. El día había sido largo, y la noche parecía hecha de terciopelo. —Quédate a dormir —dijo Annabelle—. Si te pillan caminando en el toque de queda te meterás en problemas. —Solo si te quedas conmigo —respondió Elena, con los ojos ...
... entrecerrados. Ambas se tendieron sobre la cama, sin desvestirse, sin ceremonias. Se miraron. No como quien espera algo, sino como quien ya lo ha recibido. Y así, con las respiraciones sincronizadas y los ojos entreabiertos, se quedaron dormidas. La pintura, aún sin terminar, las observaba desde la esquina. Quizás mañana tenga rostro. O quizás ya lo tenga, y solo espera que ellas lo reconozcan. El sol inunda el observatorio. La luz cálida se cuela por los vitrales, tiñendo de oro las cortinas y el suelo de madera. Elena despierta lentamente, sin moverse. Apoya la cabeza sobre su codo y se queda mirando a Annabelle, aún dormida junto a ella. Con delicadeza, aparta el mechón que cubre su rostro. Lo hace como quien toca una página que no quiere doblar. —¿Te vas a quedar así mirando? —dice Annabelle, con los ojos aún cerrados. —No sabía que estabas despierta —responde Elena, sorprendida. —¿Y cómo esperabas que no lo estuviera? Te echaste un gas. Estalla una carcajada. Elena se cubre la boca, entre la sorpresa y la risa. El momento se vuelve ligero, como si la intimidad tuviera permiso para respirar. —Aún es temprano —dice Annabelle, estirándose—. Me voy a alistar para asearme. Antes de que Elena pueda decir algo, Annabelle comienza a quitarse la ropa. Las vendas caen con suavidad, como si liberaran algo más que piel. Elena se queda quieta, los ojos abiertos, cuando aparece el pecho generoso de Annabelle, sin vergüenza, sin ceremonia. Annabelle se da ...