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Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
... secretos. Es ella. Elena. La que ha sido vista sin pedirlo. La que ha sentido sin entender. La que guarda un beso como si fuera una llave. Y mientras se sumerge en el agua, no se limpia. Se busca. El agua cae como si supiera. No limpia. No borra. Solo insiste. Elena no se da cuenta de que sus manos no obedecen la rutina. No frotan. No enjuagan. Recorren. Como si fueran otras. Como si alguien más la tocara con la delicadeza de quien no quiere interrumpir, solo entender. "¿Esto es mío?", piensa, sin palabras. "¿Así se siente?" Las voces de las chicas llegan desde el pasillo, risas, pasos, urgencias. Pero ella está suspendida. El vapor le dibuja una frontera invisible entre el mundo y su cuerpo. No hay espejo, no hay reloj. Solo la piel y el agua caliente que la envuelve como una pregunta sin respuesta. No sabe si está recordando o descubriendo. Solo sabe que no quiere moverse todavía. Elena entra al cuarto con el cabello aún húmedo, la esponja envuelta en la toalla como si fuera algo frágil, algo robado. No sabe por qué la tomó. Solo sabe que no podía dejarla ahí, sola, flotando en el vapor. Se viste sin prisa, como si cada prenda fuera una capa que la devuelve al mundo. Pero algo quedó en el baño, algo que no se puede colgar ni doblar. Cuando llega al comedor, las chicas ya están hablando de clases, de cartas recibidas, de cosas que no importan. Annabelle está en la mesa, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el mantel. Hay un puesto vacío ...
... a su lado. Elena lo ve como quien ve una puerta entreabierta. Se sienta. No dice nada. Pero la esponja está en su bolsillo, húmeda aún. Y Annabelle, sin mirar, le pasa el pan como si supiera. Elena sintió que el pan se le deshacía en la boca, pero no por el sabor. La voz de Annabelle había sido suave, casi maternal, pero las palabras no lo eran. —Sé lo que hacías en el baño. No hubo juicio. Solo certeza. Y antes de que pudiera negar, explicar, huir, la pelirroja añadió: —Así fue como pinté tu lunar en el cuadro de la torre. Elena se quedó quieta. El comedor siguió su ritmo: cucharas, risas, migas. Pero entre ellas dos, el aire se volvió denso, como si el vapor del baño las hubiera seguido. Annabelle le guiñó un ojo, como quien cierra una puerta sin llave. Luego, con voz apenas audible, dijo: —Yo también sé guardar secretos. ¿Era una advertencia? ¿Un pacto? ¿Una invitación? Elena no lo supo. Solo sintió la esponja en su bolsillo, aún húmeda, como si le recordara que el cuerpo también tiene memoria. Elena había reservado ese momento en su agenda como quien marca una cita con el destino. Subió a la torre con pasos medidos, el corazón latiendo con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Nadie la vio. Nadie la siguió. Cerró la puerta tras de sí, como si sellara un pacto con el silencio. La manta sobre el cuadro parecía más pesada que antes. La retiró con cuidado, como si temiera que algo se deshiciera al contacto. Y allí estaba: su retrato, sí, pero ...