1. Nosotras, hijas del fuego


    Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos

    ... ahora acompañado por otra figura.
    
    Un esbozo. Sin color. Sin rostro. Pero con un cuerpo que hablaba por sí solo: caderas anchas, cintura estrecha, pechos generosos. Elena sintió una punzada de envidia, no por belleza, sino por certeza. Esa figura sabía ocupar espacio. Y bajo la aureola del pecho izquierdo, un lunar en forma de media luna. Inconfundible.
    
    Elena se volvió hacia su propio retrato. Había marcas que no recordaba. Detalles que solo alguien muy cercano podría haber captado. Se desvistió lentamente, quedando en ropa interior: una camisola blanca, fina, traslúcida. La luz del sol delineaba su cuerpo como si lo dibujara de nuevo.
    
    Descubrió sus hombros. Luego, con cuidado, dejó caer la tela hasta que sus pechos quedaron expuestos. Y allí, en el costado derecho, tres lunares diminutos. Solo visibles de cerca. Muy cerca.
    
    Una voz la sorprendió.
    
    —Me podría acostumbrar a verte así... esperándome.
    
    Elena se cubrió instintivamente, los brazos cruzados sobre el pecho. Annabelle estaba apoyada en el marco de la puerta, como si llevara allí un rato, como si supiera que ese momento iba a ocurrir.
    
    No había burla en su tono. Solo una mezcla de ternura y provocación. Como si el cuadro no fuera solo una obra, sino una invitación.
    
    Annabelle la observa como quien contempla una obra viva, saboreando cada trazo que la luz revela a través de la tela. Se acerca con la lentitud de quien no quiere espantar a una criatura salvaje. Elena permanece inmóvil, atrapada entre ...
    ... el vértigo y la fascinación. Su respiración se vuelve errática, como si el aire se negara a entrar del todo.
    
    La pelirroja extiende una mano, toma los brazos de Elena con delicadeza y los aparta, como si despejara el velo de una escultura. Elena baja la mirada, no por vergüenza, sino por el peso de saberse observada. Pero sus ojos se encuentran con los de Annabelle, que se ha hincado frente a ella, el rostro a la altura de su ombligo, las manos posadas suavemente sobre sus caderas.
    
    Elena cree que va a desmayarse. No por miedo, sino por la intensidad de lo que podría suceder. Pero Annabelle no avanza. En cambio, acomoda la camisola con cuidado, como quien devuelve un secreto a su escondite. Elena sigue sin moverse, pero sus ojos no se apartan del rostro de la pelirroja. Se humedece los labios, muy lento, como si ofreciera algo sin decirlo.
    
    Annabelle lo nota. Sus dedos rozan los labios de Elena, y ella, tímida, besa uno de ellos. Pero el gesto se desvanece tan rápido como llegó.
    
    —Será mejor que te vistas —dice Annabelle, sin dureza, pero con firmeza—. No queremos que comiencen los chismes.
    
    Elena obedece, con movimientos torpes, mientras Annabelle cubre nuevamente el cuadro. Pero la rubia no puede callar. Se gira hacia ella, con una mezcla de confusión y necesidad.
    
    —¿Quién es? —pregunta, señalando la figura junto a su retrato—. ¿Por qué sabes cosas de mí que ni yo había notado? ¿Qué estás pintando realmente?
    
    Annabelle se detiene. No se vuelve de inmediato. Su ...
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