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Nosotras, hijas del fuego
Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos
... trazos de la última clase. En la sala común, los trofeos de plata brillaban bajo el polvo, y las fotografías en blanco y negro de equipos deportivos parecían congeladas en una gloria que ya no importaba. Un reloj de péndulo marcaba las horas con precisión implacable, como si el tiempo no supiera que el internado estaba en pausa. Annabelle se detuvo frente al tablón de anuncios, donde los horarios de exámenes y actividades extracurriculares ya no tenían sentido. Luego entró en la biblioteca, donde los tapices colgaban como guardianes silenciosos, y se sentó en el alféizar de la ventana, dejando que el sol le calentara los hombros. El instituto se volvió melancólico, como una casa que recuerda voces. Pero Annabelle lo llenó de otra música. Dejaba que la lluvia la abrazara en el jardín. La tela mojada de su camisola se pegaba a su piel como una segunda piel, revelando sin mostrar, insinuando sin provocar. El cuerpo de Annabelle era un poema escrito en otro idioma: generoso, redondo, libre. Al volver a entrar, el silencio que siguió fue distinto al de los días comunes. No era el silencio de la biblioteca ni el de las horas de estudio. Era un silencio que parecía mirar. Que parecía respirar. Que parecía esperar. Annabelle lo sintió desde el primer momento. Mientras caminaba por los pasillos vacíos, mientras se servía té en la sala común, mientras se sentaba en el alféizar de la ventana con las piernas cruzadas y la blusa desabotonada hasta el pecho. No había nadie, ...
... solo el guardia en su casa, al costado de la reja. Pero había algo. Una presencia. Una mirada que no se anunciaba, pero que tampoco se escondía del todo. En la torre, donde las alumnas rara vez subían, Annabelle encontró refugio. Allí, entre los libros olvidados y los tapices deshilachados, podía leer sin que nadie la corrigiera. Podía pensar sin que nadie la interrumpiera. Podía existir sin que nadie la juzgara. Pasó por la biblioteca, donde los libros dormían sin lector. Se sentó en el umbral, escuchando el mar a lo lejos. En la sala de arte, contempló un cuadro sin tocarlo. Era una mujer de espaldas, envuelta en sombras, con la cabeza girada apenas, como si escuchara algo que el espectador no puede oír. Annabelle la entendía. Al caer la tarde, el silencio se volvió más denso. Ya no era libertad, era ausencia. Ya no era espacio, era hueco. La joven se tumbó sobre su cama, desnuda —pues ya no tenía que esconderse de nadie—, con el libro de cuentos abierto sobre el pecho. Sherezade hablaba de dos mujeres que se descubren en la penumbra, que se tocan como quien lee en braille, que se aman sin pedir permiso. La narrativa era cuidada, pero el deseo latía en cada frase. Leyó en voz alta, sin saber que Elena estaba al otro lado de la puerta. Mientras leía la historia, la joven recorría, con las yemas de sus dedos, su cuerpo sin permiso. —Bajo la luz lunar, el aire se hizo denso. Sus manos, como olas sobre la seda, buscaron piel, trazando mapas de sensaciones nuevas. ...