1. Nosotras, hijas del fuego


    Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos

    ... Los cuerpos, en un suave ballet, se unieron en un juego de rendición y dominio, un baile de almas en armonía...
    
    Elena escuchaba la voz de Annabelle detrás de la puerta. No había planeado espiar. Había seguido a Annabelle durante el día, como quien sigue una melodía sin saber por qué. No se había marchado con el resto de las alumnas. Se había quedado...
    
    Elena observó desde la ventana cómo las chicas se marchaban, cada una con su equipaje, sus planes, sus destinos. El internado se llenó de voces de despedida, de abrazos rápidos, de promesas que probablemente no se cumplirían. El carruaje que debía llevarla esperaba con paciencia junto al portón de hierro forjado. El cochero, con guantes de cuero y sombrero ladeado, la miró con discreta expectativa.
    
    —No iré —dijo Elena, con voz firme pero quebrada—. Necesito ponerme al día con mis estudios. El hombre la miró con una mezcla de respeto y desconcierto. Sabía que Elena no tenía deudas académicas. Era una alumna brillante, meticulosa, admirada por sus compañeras y por los profesores. Pero no preguntó. Solo asintió, tocó el ala de su sombrero, y se marchó.
    
    Elena entró sin hacer ruido. La puerta estaba entreabierta, como si la escena la invitara. Sus ojos se cruzaron con los de Annabelle. No hubo sorpresa. No hubo intento de cubrirse. Solo una pausa. Una respiración compartida.
    
    Annabelle cerró el libro con lentitud. Elena dio un paso. Luego otro. Se sentó al borde de la cama, sin tocarla.
    
    —Te he seguido todo el día ...
    ... —dijo Elena, con voz baja—. Desde que te vi en el jardín, bajo la lluvia. Te observé desde el comedor. Vi cómo la tela se pegaba a tu piel. Vi cómo caminabas descalza por los pasillos. Te vi en la biblioteca, con los ojos cerrados, escuchando el mar. Te vi en la sala de arte, donde miraste el cuadro sin tocarlo. Te vi en la torre, donde dejaste la ventana abierta. Y ahora... aquí.
    
    Annabelle la miró sin parpadear. Elena continuó.
    
    —No sé por qué lo hice. No fue por curiosidad. Fue por necesidad. Como si al verte pudiera entender algo de mí que aún no sé nombrar.
    
    Annabelle se incorporó, sin cubrirse. Su cuerpo era presencia, no provocación. —Lo sabía —dijo—. Desde el primer paso. Desde la primera mirada. Y aunque no lo supiera, no me importaría. Porque yo no vivo con miedo. Yo soy llama. Yo soy fuego. Y quienes se acercan demasiado... se queman.
    
    Elena no retrocedió. No tembló. Solo la miró, como quien acepta el riesgo.
    
    —Entonces... enséñame a arder —susurró—. No como quien pide. Como quien suplica. Como quien ya está en llamas y no sabe cómo nombrarlo.
    
    Annabelle la observó con una mezcla de ternura y gravedad. No respondió de inmediato. Se levantó, caminó hacia la ventana, y la abrió. El aire salado del mar entró como una ola invisible. Luego volvió a sentarse, esta vez junto a Elena.
    
    —¿Sabes lo que estás diciendo? —preguntó—. Porque no es solo deseo. No es solo curiosidad. Es cruzar una línea que no se puede desdibujar después. Es vivir en un mundo donde cada ...
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