1. Nosotras, hijas del fuego


    Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos

    ... gesto puede ser interpretado como escándalo. Donde cada palabra puede volverse arma. Donde el amor entre dos mujeres no se celebra como poesía, sino que se esconde como advertencia. Ese amor solo existe como palabras en un libro, es un cuento que solemos leer cuando nadie nos mira. Como cuando estudiamos literatura griega y supimos de Safo, la poeta lírica del siglo VII a.C., y sus poemas que expresaban un amor profundo y apasionado hacia otras mujeres. Lo leíamos en voz baja, como si el deseo fuera una nota al pie, una confidencia entre páginas.
    
    Elena bajó la mirada. Pero no por vergüenza. Por respeto.
    
    —Lo sé. Pero también sé que no quiero volver atrás. No quiero seguir fingiendo que no siento lo que siento. No quiero seguir escribiendo relatos que esconden tu nombre. No quiero seguir mirando desde lejos.
    
    Annabelle la tocó, por primera vez. No con deseo. Con reconocimiento. Su mano sobre la de Elena, como quien dice "te veo".
    
    —Yo también lo he sentido —dijo—. Desde que dijiste "despertaste algo en mí". Desde que te vi mirar el cuadro como si fuera un espejo. Desde que me tocaste sin tocarme. Pero he vivido más que tú. He visto lo que ocurre cuando el fuego se descontrola. He visto cómo nos apagan. Cómo nos silencian. Cómo nos convierten en advertencia.
    
    Elena apretó su mano.
    
    —Entonces no me apagues. No me conviertas en advertencia. Déjame ser llama contigo.
    
    Annabelle cerró los ojos. Respiró hondo. Luego los abrió.
    
    —Si lo haces, no habrá vuelta ...
    ... atrás. No habrá anonimato. No habrá refugio. Solo nosotras. Y el mundo que nos mira.
    
    —Entonces que nos mire —dijo Elena.
    
    Annabelle abrazó a Elena con una lentitud que no pedía permiso. La joven apoyó su rostro sobre los pechos con pecas, sintiendo el calor de una piel que no la juzgaba, que no la empujaba, que simplemente la recibía. No hubo palabras. No hubo besos. No hubo caricias. Solo ellas, sobre la cama, escuchando las olas romper contra las rocas, como si el mar también supiera guardar silencio.
    
    Los días que siguieron fueron alegres, casi irreales. Se levantaban temprano, con el cabello revuelto y las medias desparejadas, y hacían panqueques en la cocina del ala sur. No los comían: los engullían, sin modales, sin cubiertos, dejando que la miel se derramara sobre la ropa, sobre la piel, sobre los labios. Se miraban, pero no decían nada. No querían romper el hechizo.
    
    Bajaban las escaleras usando los tapetes como alfombras mágicas, deslizándose entre los pasamanos como niñas que nunca aprendieron a temer. Corrían por los pasillos gritando versos inventados, se escondían en los armarios de limpieza para asustarse mutuamente, robaban manzanas del comedor y las lanzaban desde la torre para ver cuál llegaba más lejos. Una tarde, llenaron la bañera de pétalos robados del jardín y se sumergieron vestidas, como si fueran náyades escapando de un cuento. Otra noche, se pintaron los labios con tinta de mora y se escribieron palabras en los brazos, que solo ellas podían ...
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