1. Nosotras, hijas del fuego


    Fecha: 16/03/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DaddyLickMe, Fuente: TodoRelatos

    ... ventana.
    
    No pasó mucho tiempo antes de que algunas muchachas se acercaran. Primero las curiosas, luego las estrategas. Se sentaron con sonrisas ensayadas, como quien se prepara para una entrevista disfrazada de conversación.
    
    —¿Tú crees que la femineidad es algo que se aprende o se hereda? —preguntó una, hija de diplomáticos, acostumbrada a que sus palabras fueran escuchadas sin réplica.
    
    Annabelle dejó el tenedor sobre la servilleta, como si la pregunta mereciera espacio.
    
    —Creo que se descubre. A veces en silencio, a veces en contradicción. Pero nunca en obediencia.
    
    Otra muchacha, de apellido largo y voz suave, intervino:
    
    —¿Y qué opinas de las que no se maquillan, o no usan falda? ¿Siguen siendo femeninas?
    
    Annabelle sonrió, sin ironía.
    
    —La femineidad no está en el espejo, sino en la mirada que se sostiene cuando el espejo se rompe.
    
    Hubo un murmullo. Algunas muchachas asintieron, otras fruncieron el ceño. Las de estrato más alto se miraron entre sí, como si hubieran detectado una grieta en su arquitectura social. Ella no jugaba el juego. Y eso la volvía peligrosa.
    
    Desde la mesa de profesores, se comentaba en voz baja:
    
    —Tiene una madurez poco común —dijo la profesora de Filosofía.
    
    —Y una forma de hablar que obliga a pensar —añadió el de Literatura.
    
    La directora, en cambio, observaba desde su mesa sin intervenir. Su rostro era una máscara de neutralidad. Pero sus dedos tamborileaban sobre el mantel, como si algo en ella no lograra quedarse ...
    ... quieto.
    
    Al final del almuerzo, Annabelle se levantó con calma. No había buscado atención. Pero la había recibido como quien recibe una ofrenda: sin rechazarla, sin rendirse a ella.
    
    Annabelle subió los escalones de la torre con pasos lentos, como si cada peldaño guardara una palabra no dicha. El internado, envuelto en la luz dorada del atardecer, parecía contener la respiración. Las piedras, acostumbradas al eco de lo predecible, ahora resonaban con algo distinto: una mirada nueva que se había deslizado por los pasillos, por las aulas, por las conversaciones.
    
    Nunca nadie había llegado a Las Albas causando tanto revuelo. No con gritos, ni con gestos teatrales. Sino con ideas. Con una voz que no pedía permiso. Con una forma de estar que no encajaba, pero tampoco se disculpaba.
    
    Las alumnas hablaban de ella en voz baja, como si nombrarla fuera invocarla. Algunas con admiración, otras con recelo. Y unas pocas, en silencio, comenzaban a preguntarse cosas que nunca se habían permitido pensar.
    
    Los profesores comentaban en la sala común:
    
    —Tiene algo que no se enseña —dijo uno.
    
    —Y que no se puede corregir —añadió otro.
    
    La directora, desde su despacho, observaba los informes del día sin tocar el té que se enfriaba junto a su mano. No había emitido juicio. Pero su silencio era más elocuente que cualquier elogio.
    
    En la torre, Annabelle encendió una vela. El viento del mar se colaba por los vitrales, moviendo las cortinas como si quisieran hablar. Abrió "Las mil y ...
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