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Mi vida en un club de alterne III
Fecha: 20/03/2026, Categorías: Hetero Autor: Libelula, Fuente: TodoRelatos
... tanga, un roce que me hizo apretar los dientes, mi piel erizándose de asco. “Digamos que sé entender las necesidades de los hombres,” repliqué, mirando a Marisa fijamente, mi voz cargada de desafío, un filo que cortaba el aire. “Y a veces, las de las mujeres, si saben pagar.” Rosita soltó una carcajada, casi escupiendo su cocacola, sus ojos verdes brillando con diversión, un destello de complicidad que me aceleró el pulso. Marisa se puso roja, apretando los labios hasta que parecieron desaparecer, su mano temblando al sostener la cuchara. “Eres una sinvergüenza,” siseó, dejando caer la cuchara con un clink que resonó en el silencio tenso, el sonido rebotando en las paredes desconchadas. “Diego, esta tía es una oportunista. Te va a dejar en la ruina, y no pienso mantenerte cuando te quedes sin un duro. ¿No te das cuenta de que es una puta?¿Que solo quiere tu dinero?” “Marisa, joder, para,” gruñó Diego, sirviéndose más vino. “Margot es mi elección. Será mi mujer, la que me haga brillar. Mis colegas fliparán, y tú te callarás la puta boca.” Rosita me miró, con una ceja arqueada, su pie descalzo rozando mi pierna bajo la mesa, un contacto tan sutil que podría haber sido un accidente, pero no lo era. —Esta cría está jugando con fuego, y no sé si quiero apagarlo— su pie subió por mi pantorrilla, deteniéndose en mi rodilla, una presión ligera pero insistente, mientras sus dedos jugaban con el borde de su copa, trazando círculos que parecían una promesa. “¿Tu mujer, ...
... tito?” dijo, con un tono burlón, inclinándose hacia mí. “Vaya, Margot, eso es un ascenso. De Las Sirenas a la alta sociedad, ¿eh?” “No tan alta,” repliqué, sosteniéndole la mirada, dejando que mi pie rozara el suyo, un contraataque que hizo que su sonrisa se ensanchara, sus ojos brillando con desafío. “Pero sé escalar, pequeña.” Ella se rió, un sonido bajo y ronco que me recorrió como un escalofrío. Su pie fue subiendo por mi muslo interno, justo donde la piel era más sensible. “Me gusta, tía. Eres de las mías,” susurró, guiñándome un ojo, su voz cargada de una promesa que me hizo tragar saliva. —Joder, esta zorrita es buena, y sabe cómo ponerme— la tensión entre nosotras era un cable eléctrico, chispeando, a punto de explotar. La conversación derivó en banalidades, con Diego fanfarroneando sobre sus negocios, presumiendo de contratos que probablemente no existían, su voz resonando como un martillo en mi cabeza. Marisa se quejaba de todo, desde el precio de la carne hasta la “decadencia” de la juventud, lanzándome miradas que podrían haber cortado cristal, cada una un intento de hacerme sentir como una intrusa. Rosita, en cambio, mantenía un silencio calculado, pero sus gestos eran un idioma propio: se pasaba la lengua por los labios, húmedos por la bebida, sus dedos acariciaban el borde de su copa, y su pie rozaba mi muslo, subiendo hasta sentir su dedo gordo contra la piel suave justo bajo mi tanga, un roce que envió un chispazo de calor directo a mi coño. —Esta cría ...